Introducción
Durante décadas, el mercado único ha sido el gran éxito estructural de la integración europea: una maquinaria silenciosa capaz de generar crecimiento, convergencia y peso global sin necesidad de épica política. Mientras otros pilares del proyecto europeo avanzaban entre crisis, vetos y reformas incompletas, el mercado interior funcionaba como un suelo firme sobre el que se sostenía la prosperidad comunitaria. Hoy, sin embargo, los datos empiezan a contar otra historia. El comercio entre Estados miembros se desacelera, la inversión se fragmenta y las empresas perciben más obstáculos dentro de la Unión que en su relación con terceros países. No se trata de una crisis visible ni de un colapso abrupto, sino de algo más inquietante: un atasco progresivo del principal activo económico de la UE, justo cuando la geopolítica exige cohesión, escala y rapidez.
El síntoma que incomoda a Bruselas
Las cifras recientes sobre intercambio intracomunitario muestran un estancamiento que rompe una tendencia histórica. En un contexto de desaceleración global, la UE mantiene un comportamiento relativamente sólido en su comercio exterior, pero pierde tracción en el interior. Es una paradoja que incomoda a Bruselas: el proyecto diseñado para eliminar fronteras económicas internas empieza a comportarse como un mosaico de mercados nacionales superpuestos, con normas, costes y riesgos distintos.
Este fenómeno no responde a una sola causa coyuntural. No es únicamente el efecto de la inflación persistente, de los tipos de interés elevados o de la incertidumbre internacional. Es, sobre todo, el reflejo de un desgaste estructural: el mercado único ha dejado de renovarse al ritmo que exige una economía digital, verde y financieramente integrada. La integración económica europea, en lugar de profundizarse, parece haberse estabilizado en una zona de confort regulatoria que ya no responde a las necesidades actuales.
Fragmentación regulatoria: el regreso de las fronteras invisibles
La fragmentación regulatoria es hoy el principal freno. Aunque el discurso europeo insiste en la armonización, la realidad es otra: fiscalidad dispar, regulaciones laborales divergentes, barreras en los servicios, mercados energéticos incompletos y un espacio digital aún lejos de ser verdaderamente único. Para muchas empresas —especialmente pymes— operar en varios Estados miembros implica costes de adaptación que neutralizan las ventajas de escala prometidas por el mercado interior.
Esta fragmentación no siempre es explícita. A menudo adopta la forma de transposiciones nacionales más restrictivas de lo exigido por la normativa europea, requisitos administrativos adicionales o interpretaciones divergentes del mismo marco jurídico. El resultado es una renacionalización silenciosa que erosiona la lógica del mercado único sin cuestionarlo formalmente. Europa mantiene la retórica de la integración mientras tolera, en la práctica, una proliferación de fronteras invisibles.
Competitividad sin mercado interior no existe
La UE ha hecho de la competitividad una consigna central. Sin embargo, ese concepto pierde contenido si no se apoya en un mercado único funcional. Estados Unidos y China compiten con grandes mercados homogéneos, reglas previsibles y capacidad de movilizar inversión a escala. Europa, en cambio, pretende jugar esa liga con 27 marcos parcialmente desconectados.
La consecuencia es doble. Por un lado, las empresas europeas crecen menos y más despacio, con dificultades para alcanzar tamaño suficiente en sectores estratégicos. Por otro, la UE se vuelve menos atractiva para la inversión internacional, que percibe un entorno complejo, fragmentado y jurídicamente incierto. La competitividad, en este contexto, deja de ser un problema externo y se convierte en una carencia interna del propio proyecto europeo.
La paradoja política: mucha estrategia, poca ejecución
Desde hace años, la agenda comunitaria está saturada de grandes estrategias: autonomía estratégica abierta, transición verde, liderazgo digital, soberanía industrial. Todas ellas presuponen un mercado interior fuerte, integrado y eficiente. Sin embargo, la ejecución concreta tropieza con resistencias nacionales y con una arquitectura institucional poco propicia a la simplificación.
La Comisión Europea es plenamente consciente del problema. De hecho, ha multiplicado los discursos sobre “mejor regulación”, reducción de cargas administrativas y necesidad de completar el mercado único de servicios, capitales y energía. Pero entre el diagnóstico y la realidad se abre una brecha cada vez mayor. Los Estados miembros protegen competencias, sectores sensibles y márgenes fiscales, incluso cuando eso debilita el conjunto. El resultado es un mercado único formalmente intacto pero funcionalmente erosionado.
Mercados incompletos: capitales, energía y servicios
El atasco del mercado único es especialmente visible en tres ámbitos clave. Primero, los mercados de capitales. La Unión de los Mercados de Capitales sigue siendo más un proyecto que una realidad, lo que limita la financiación de empresas innovadoras y refuerza la dependencia bancaria, especialmente en el sur de Europa. Segundo, la energía. Pese a los avances tras la crisis energética, los precios y las infraestructuras siguen fragmentados, con diferencias sustanciales entre Estados miembros que afectan directamente a la competitividad industrial.
Tercero, los servicios. Aunque representan la mayor parte del PIB europeo, continúan protegidos por barreras nacionales que impiden su plena liberalización. Esta incoherencia —un mercado único avanzado en bienes pero incompleto en servicios— es una de las grandes asignaturas pendientes de la integración económica europea.
Impacto político y territorial
El deterioro del mercado interior no es neutro políticamente. Afecta más a las economías periféricas y a las regiones menos integradas, ampliando brechas internas y dificultando la convergencia real. También alimenta la desafección empresarial hacia el proyecto europeo, especialmente entre quienes perciben que Bruselas regula mucho pero integra poco.
Además, la fragmentación económica refuerza narrativas nacionales que presentan a la UE como un obstáculo en lugar de como un multiplicador. En un contexto de polarización política y auge de fuerzas euroescépticas, este desgaste silencioso del mercado único se convierte en un riesgo sistémico para la legitimidad del proyecto europeo.
¿Un punto de inflexión o una oportunidad perdida?
La próxima fase institucional europea se enfrenta a una disyuntiva clara. O el mercado único vuelve al centro de la agenda política con reformas tangibles, o seguirá degradándose de forma silenciosa. No se trata de lanzar nuevas grandes estrategias, sino de hacer funcionar las existentes: armonizar, simplificar y ejecutar.
El mercado único no es un legado del pasado, sino una condición para el futuro europeo. Sin él, la UE corre el riesgo de convertirse en un actor normativo ambicioso pero económicamente fragmentado, fuerte en regulación pero débil en resultados.
Conclusión
Mientras Europa mira hacia fuera —a la competencia global, a la geopolítica, a la seguridad—, su mayor debilidad crece por dentro. El mercado único, ese engranaje discreto que sostuvo décadas de prosperidad, empieza a chirriar. Resolverlo no dará grandes titulares, pero ignorarlo puede tener un coste estratégico mucho mayor que cualquier desafío externo.
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