La recompra de acciones y el aumento de los abonos han sido protagonistas del sector. Los supervisores aprovechan cada ocasión que tienen para pedir a los bancos que se protejan lo más posible ante probables problemas futuros.
Ahora, la presidente del Mecanismo Único de Supervisión (MUS), la alemana Claudia Buch, lo ha vuelto a hacer, con el argumento del anuncio/amenaza de la Administración Trump de imponer unos aranceles del 30% a la Unión Europea, el triple de los actuales, a partir del 1 de agosto próximo. Otra cosa distinta es que los responsables de los bancos sigan las recomendaciones de sus supervisores.
Según informa el diario Expansión, la posibilidad de que EEUU imponga finalmente unos aranceles del 30% sobre los productos importados desde la UE es algo que preocupa en todas las instancias comunitarias. Los responsables de la Comisión Europea ya han afirmado que, de llevarse a cabo, ello supondría acabar con el tráfico comercial más importante del mundo, con lo que supondría de ralentización de la actividad económica en la UE, ya de por sí bastante pequeña.
Las consecuencias para los bancos de la eurozona de un panorama como el descrito serían negativas, ya que implicaría un deterioro de la calidad de sus activos derivado de la menor capacidad de sus deudores de hacer frente a sus obligaciones financieras. Ello debería traducirse en un aumento de las provisiones para prevenir futuros problemas de morosidad.
Es lo que ha pedido la máxima responsable del MUS durante su comparecencia ante la comisión correspondiente del Parlamento Europeo, señalando que unos aranceles más elevados que los actuales dejarán sentir sus efectos negativos dentro de un cierto periodo de tiempo. En definitiva, lo que pide es que se prevenga antes de que se lamente.
La situación actual de los bancos europeos es relativamente buena. Aunque los tipos están más bajos que hace un año, son positivos y ello permite mantener un crecimiento de los ingresos financieros razonable que, unido a la ausencia de morosidad (lo que ha implicado menores necesidades de provisiones), ha permitido que la rentabilidad de las entidades europeas haya crecido respecto a un año antes.
Todo indica que en el ejercicio actual las cosas no van a cambiar sustancialmente y que, por ello, los resultados seguirán aumentando.
En todo caso, en los próximos meses se conocerán los resultados de las pruebas de resistencia de los bancos europeos y la idea general es que, a pesar de haber estresado los escenarios, el examen no supondrá un deterioro muy fuerte de la solvencia de las entidades incluso en la peor de las hipótesis contempladas.
En general, los bancos europeos tienen en estos momentos como estrategia principal elevar sus cotizaciones en Bolsa para hacer más atractiva la inversión en estas compañías y reducir la enorme brecha existente con el valor de los estadounidenses. La racha de recuperación de las cotizaciones no se quiere romper.
Para lograr este objetivo, las entidades han puesto en marcha dos palancas: aumentar los dividendos que se pagan a los accionistas y lanzar elevados programas de recompra de acciones que permiten seguir haciendo lo mismo con menos capital.
En el caso de los bancos españoles, como reflejo del resto, lo que se ha hecho es elevar el pay-out por encima de lo que había venido siendo habitual hasta ahora, al tiempo que se han ejecutado programas de recompra de acciones por el equivalente del exceso de capital que cada entidad, de acuerdo con los supervisores, considera que es el razonable para su actividad.
El Banco Central Europeo (BCE), a través del MUS, es el que autoriza el reparto de los beneficios generados por las entidades. Es el que acepta el porcentaje de distribución de los resultados generados en cada ejercicio y, además, el que aprueba los programas de recompra de acciones que las entidades le plantean.
Es cierto que lo dicho por la presidenta del MUS en Bruselas es una sugerencia general para que los bancos refuercen la prudencia ante posibles deterioros futuros. Es lo que, cada vez que pueden, los supervisores, sean los nacionales o los del BCE, piden públicamente. Pero luego tienen que descender a cada caso concreto para aprobar o no las solicitudes individuales que se les plantean.
En unos momentos en los que los beneficios crecen y la generación orgánica de capital ha venido siendo relativamente alta, parece difícil oponerse a las peticiones que no sean desmedidas.
Los llamamientos a la prudencia han sido constantes en los últimos años, argumentando precisamente los buenos resultados obtenidos para prepararse ante futuros inciertos, pero prácticamente no han sido escuchados y los supervisores no han encontrado argumentos para oponerse a las peticiones de las entidades. Es posible que en la actualidad pase lo mismo.






