Poco a poco, el agua se agota en nuestro planeta, y con ello se abre un escenario que ya no trata solo de lo ambiental. También es un problema de seguridad, estabilidad y futuro. Cada vez que un pozo se seca o una lluvia no llega, el equilibrio de comunidades enteras se tambalea. Y esto ya no es una amenaza lejana: está pasando ahora mismo.
Hoy, la escasez de agua está empujando a millones de personas fuera de sus hogares. Según el Banco Mundial, uno de cada diez casos de migración en el mundo está vinculado a este problema. Se está produciendo una mezcla de factores: sequías prolongadas, inseguridad alimentaria y Estados incapaces de responder a esta situación. Esto ha creado un caldo de cultivo perfecto para el desplazamiento masivo, y parece que va a peor.
Las cifras son alarmantes, y es que según la Organización Internacional para las Migraciones, en 2022 hubo más de 32 millones de desplazamientos internos por desastres climáticos. La mayoría tuvieron un detonante común: falta de agua.
El agua como multiplicador de amenazas
Pero el agua no solo provoca crisis humanitarias, también provoca conflictos. Los expertos en seguridad la llaman “multiplicador de amenazas”. No causa guerras por sí sola, pero en contextos de pobreza, desigualdad o tensiones étnicas, la escasez puede ser el factor que lo desestabiliza todo.
Siria y Sahel
Como ejemplo más claro tenemos el caso de Siria, que entre 2006 y 2011 sufrió una sequía brutal que prácticamente desintegró el sector agrícola y obligó a más de un millón de personas a dejar sus pueblos. Muchos de estos desplazados acabaron en ciudades donde la situación ya era frágil. Esa presión social fue una de las mechas que prendió la guerra civil.
El Sahel africano es un ejemplo actual, y aquí las disputas entre pastores y agricultores por acceso a pozos y tierras de cultivo están aumentando. La desertificación empuja a comunidades a competir por recursos cada vez más escasos. Y esas tensiones, mal gestionadas, se convierten en conflictos abiertos.
No debe extrañarnos que cada vez más Gobiernos empiecen a tratar el agua como un tema de seguridad nacional. Israel, es un ejemplo de ello y realiza muchas inversiones en tecnología de desalinización. Los países del Golfo compran tierras en África y Asia para asegurarse el abastecimiento. En Europa, la tensión crece: en Francia y España ya ha habido protestas por el reparto del agua entre agricultores, industrias y ciudades.
España: entre la desertificación y la gestión hídrica
La OTAN y Naciones Unidas lo han dejado muy claro: el agua será uno de los factores clave en los conflictos del siglo XXI. Pero todavía muchos países siguen sin integrar este riesgo en sus estrategias de defensa y España está entre ellos. Más de la mitad del territorio está en riesgo de desertificación. Dependemos cada vez más de trasvases y desaladoras. Y la gestión del agua está tan fragmentada entre administraciones que resulta difícil tener una estrategia coherente.
El problema de seguridad hídrica va aumentando, y también crecen las tensiones entre regantes y ecologistas. Y en el plano internacional, apenas se habla del agua como riesgo geopolítico, pese a que el norte de África y el Sahel, zonas clave para España, están cada vez más afectadas por la escasez hídrica.
El agua ya no es solo un recurso, es un factor de poder, un elemento de estabilidad o caos. Quien no lo entienda, se quedará atrás, porque la próxima gran crisis puede no venir del estruendo de las armas, sino del silencio de un pozo seco.






