La Comisión Europea ha puesto en marcha, el 3 de septiembre de 2025, el trámite para firmar y concluir el acuerdo con Mercosur—mientras intenta blindar a los sectores sensibles—en plena reconfiguración del comercio mundial por los nuevos aranceles estadounidenses. El pacto promete abrir mercados clave para la industria europea y diversificar suministros, pero llega con advertencias: presión sobre el campo, dudas medioambientales y una ratificación aún políticamente cuesta arriba.
El contexto: Washington mueve el tablero
La UE reimpulsa Mercosur en un entorno mucho más áspero. Desde abril, EE. UU. ha aplicado un arancel “de base” a las importaciones y, tras semanas de idas y venidas, hoy rige un 15% plano sobre bienes de la UE dentro de un marco transatlántico todavía en ajuste que ha encarecido el acceso al mercado estadounidense y acelerado la búsqueda de alternativas.
Este “nuevo normal” explica que Bruselas combine la vía Mercosur con la del nuevo acuerdo con México y salvaguardas internas para calmar a agricultores y algunos Estados miembros. La lógica del momento es clara: diversificar riesgos, reforzar presencia industrial en América Latina y anclar cadenas de suministro críticas fuera de China y de un EE. UU. imprevisible en tarifas.
Qué hay realmente sobre la mesa
La propuesta formal adoptada por la Comisión desdobla el paquete en dos instrumentos (Acuerdo de Asociación UE–Mercosur y un Acuerdo Comercial interino que se integrará después), y activa el proceso de firma y conclusión. En lo sustantivo, Mercosur eliminaría aranceles sobre el 91% de las exportaciones europeas (incluido el 35% a automóviles en un calendario de hasta 15 años), mientras la UE liberalizaría aproximadamente el 92% de las importaciones desde Mercosur, con contingentes y límites en productos sensibles. Además, se reconocen unas 350 indicaciones geográficas europeas y se abre contratación pública.
Para amarrar apoyos, Bruselas ha presentado un paquete de salvaguardas: vigilancia reforzada de importaciones “sensibles” (carne de vacuno y ave, azúcar), cláusulas para activar investigaciones y suspender preferencias si hay perturbaciones, y un fondo de compensación agraria cercano a los €1.000 millones anuales. Aun así, el rechazo de parte del campo europeo sigue vivo.
Oportunidades para la UE
Industria y automoción. El desarme arancelario en un mercado de más de 270 millones de consumidores en Mercosur—con aranceles a vehículos de hasta el 35%—es la pieza más golosa para fabricantes de automoción y su cadena de componentes, que obtendrían ventaja frente a competidores asiáticos y estadounidenses.
Maquinaria, química, farma y servicios. Mercosur retiraría gravámenes de alto impacto en bienes de equipo, químicos y farmacéuticos. La UE, además, ganaría acceso a compras públicas y una puerta más predecible para servicios e inversión donde ya es el principal inversor extranjero. En clave geopolítica, el pacto facilita el acceso a minerales críticos (como el litio) necesarios para la transición verde.
Diversificación ante aranceles de EE. UU. Con un 15% plano en EE. UU., cada punto de cuota que la UE gane en América Latina reduce exposición regulatoria y de precios al vaivén transatlántico.
Debilidades y riesgos
Presión sobre el campo y la cohesión interna. Contingentes adicionales de vacuno, aves o azúcar pesan sobre productores europeos con costes y estándares más altos. Francia, Italia o Polonia continúan recelando; el Parlamento Europeo no es un trámite. Las salvaguardas ayudan, pero no despejan el conflicto social si los precios caen.
Clima y deforestación. La arquitectura “verde”—incluido el capítulo de Comercio y Desarrollo Sostenible—sigue siendo objeto de crítica por su exigibilidad limitada. ONG y think tanks alertan del riesgo de incentivos a bienes intensivos en emisiones si no hay verificación robusta.
Itinerario de ratificación y gobernanza del acuerdo. El formato jurídico propuesto por la Comisión levanta suspicacias en parte de la sociedad civil por el alcance de la participación de parlamentos nacionales, aunque el expediente sigue necesitando el visto bueno del Consejo y del Parlamento Europeo.
España: dónde puede ganar (y dónde se la juega)
Palancas de crecimiento. España es de los países más favorables al acuerdo. El Gobierno ha subrayado el potencial para vino, aceite de oliva y otras IGP/DO europeas, además de industria (maquinaria, química y farma) y servicios con fuerte implantación en Brasil y Argentina. Con el arancel automotriz de Mercosur desescalando, la cadena española de componentes y bienes de equipo puede ampliar cuota en Brasil.
Datos de base. España exportó en 2024 unos 3.040 millones de dólares a Brasil y cerca de 982 millones a Argentina; el total de ventas exteriores españolas alcanzó los 384.465 millones de euros ese año. Hay margen para crecer si caen los aranceles y se facilitan normas técnicas y compras públicas.
Flancos vulnerables. El impacto directo en el vacuno y la avicultura españoles sería menor que en otros socios, pero existe preocupación agraria por la competencia en precio y por el control de estándares. Las organizaciones del sector han pedido el bloqueo del pacto o salvaguardas estrictas. La implementación (controles, trazabilidad, cláusulas de reequilibrio) será determinante para contener protestas.
Qué mirar a partir de ahora
Calendario político. Tras la propuesta del 3 de septiembre, la clave es si cristaliza una mayoría cualificada en el Consejo y si el Parlamento Europeo acepta el paquete con las nuevas salvaguardas. Francia ha suavizado el tono, pero no ha dado un sí cerrado.
Texto y anexos técnicos. Contingentes, reglas de origen y mecanismos de salvaguardia activables—y su velocidad de respuesta—marcarán el pulso con el campo europeo.
Coherencia verde. Alineación con el Pacto Verde, el CBAM y la normativa anti-deforestación: sin verificabilidad, el coste político en la UE puede superar el beneficio comercial.
EE. UU. y litigios. Si los aranceles estadounidenses escalan (o si los tribunales tumban parte del andamiaje), la prioridad de “re-anclaje” latinoamericano será aún mayor.
Conclusión
Mercosur es hoy, más que nunca, una jugada de “estrategia de portafolio” para la UE: menos dependencia de un EE. UU. arancelario, más presencia industrial en América Latina y mejor acceso a insumos críticos. El dividendo económico existe—particularmente para automoción, maquinaria y agroalimentario de calidad—pero no es gratis: exige gestionar el choque distributivo en el campo y dotar de dientes a las cláusulas ambientales. Para España, el balance potencial es positivo si el Gobierno y Bruselas convierten las salvaguardas en una red real y si las empresas aprovechan rápido la ventana de oportunidad en Brasil y Argentina. De lo contrario, el acuerdo puede naufragar políticamente antes de que llegue a puerto.






