Introducción
Europa encara el invierno de 2025 con una mezcla de alivio y desánimo. El alivio proviene del retroceso de los precios energéticos y de la inflación general, que ha caído por debajo del 3 % en la eurozona. El desánimo, de la constatación de que el crecimiento sigue sin despegar. La Comisión Europea ha rebajado sus previsiones al 1 % para 2025 y al 1,4 % para 2026, confirmando que la economía europea sigue atrapada en una fase de estancamiento prolongado.
Pese a los programas de estímulo lanzados tras la pandemia, la productividad apenas mejora, la inversión privada sigue débil y la brecha de competitividad con Estados Unidos y China se agranda. Europa ha evitado la recesión, pero no la mediocridad.
- La paradoja del estancamiento
El diagnóstico de Bruselas es tan prudente como inquietante: la economía europea se ha estabilizado, pero no crece. El empleo se mantiene en niveles récord, los déficits públicos se moderan y la inflación retrocede, pero la actividad empresarial se estanca. Los analistas hablan de una “trampa de bajo crecimiento”: un círculo vicioso en el que la debilidad de la inversión limita la innovación, lo que a su vez reduce la productividad y perpetúa la falta de dinamismo.
Alemania, otrora motor de Europa, simboliza este agotamiento: su PIB apenas crecerá un 0,8 % este año, lastrada por la contracción industrial y la crisis energética. Francia ronda el 1 %, mientras Italia y España, algo más dinámicas, siguen por debajo del promedio mundial. El bloque en su conjunto parece instalado en un “nuevo normal” de crecimiento anémico, que contrasta con el 2,5 % estadounidense o el 4 % chino.
La cuestión no es solo coyuntural. El continente paga las consecuencias de dos décadas de infrafinanciación de su industria, fragmentación del mercado de capitales y escasa apuesta tecnológica. La transición ecológica y la digitalización se presentan como motores del futuro, pero su ejecución tropieza con una burocracia densa y una falta de financiación a escala europea.
- El dilema del Banco Central Europeo
En Fráncfort, el Banco Central Europeo enfrenta una decisión que marcará el rumbo del próximo año. Con la inflación general controlada, el debate se centra ahora en la inflación subyacente —que excluye energía y alimentos—, aún por encima del 2 %. Christine Lagarde mantiene el tono de prudencia: “No podemos cantar victoria todavía”, ha repetido.
La institución se mueve entre dos riesgos opuestos. Si mantiene los tipos altos demasiado tiempo, puede agravar la desaceleración y golpear la inversión. Si los baja con premura, puede reavivar presiones inflacionistas o debilitar al euro frente al dólar. La banca y las empresas piden oxígeno; los gobiernos, margen presupuestario.
La política monetaria, sin embargo, tiene límites. La verdadera cuestión es cuánto margen real tiene el BCE para reactivar una economía que depende más de la política industrial y de la coordinación fiscal que de los tipos de interés. En el fondo, el debate revela una tensión estructural: una Europa monetariamente unida, pero fiscalmente fragmentada.
- Política fiscal: entre la prudencia y la inversión
El inicio de 2026 marcará el estreno de las nuevas reglas fiscales europeas, llamadas a sustituir al antiguo Pacto de Estabilidad. La reforma busca conciliar disciplina y flexibilidad: permitirá déficits superiores al 3 % si se destinan a inversiones estratégicas en transición verde, digital o defensa.
El consenso, sin embargo, es frágil. Los países del norte, encabezados por Alemania y Países Bajos, temen un relajamiento que ponga en riesgo la sostenibilidad de la deuda. Los del sur —España, Italia, Grecia, Portugal— insisten en que sin inversión pública no habrá recuperación sólida. Bruselas intenta arbitrar: pide planes fiscales nacionales realistas, pero también compromisos de inversión a medio plazo.
La clave estará en la capacidad de los fondos europeos para sostener el esfuerzo inversor. El Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, que ha movilizado más de 800.000 millones de euros, ha permitido evitar una contracción mayor, pero su ejecución desigual amenaza con diluir su impacto. El futuro Fondo de Soberanía Europea —aún en fase de diseño— podría convertirse en el instrumento clave para financiar proyectos estratégicos comunes. Sin una política presupuestaria europea robusta, la recuperación seguirá dependiendo del esfuerzo nacional de unos pocos.
- Europa ante la competencia global
El contraste con el resto del mundo es cada vez más visible. Estados Unidos crece por encima del 2 % impulsado por una política fiscal expansiva y por la atracción de capital tecnológico. China, pese a su crisis inmobiliaria, mantiene tasas cercanas al 4 %. La Unión Europea, en cambio, avanza con dificultad entre una regulación ambiental ambiciosa y una política industrial todavía dispersa.
El riesgo no es solo perder posiciones, sino perder autonomía. El Inflation Reduction Act estadounidense ha captado inversiones europeas en sectores verdes y tecnológicos, mientras el proteccionismo asiático presiona a la industria europea. Las empresas del continente denuncian un marco regulatorio que encarece costes y frena la innovación.
La respuesta franco-alemana —crear un auténtico mercado único de capitales y una “unión de innovación”— apunta a una dirección estratégica, pero requiere voluntad política. La Comisión insiste en la necesidad de armonizar normas, simplificar ayudas y coordinar incentivos. De lo contrario, Europa podría quedar atrapada entre un modelo estadounidense más ágil y un modelo asiático más planificado.
- España en el contexto europeo
España afronta este escenario desde una posición relativamente sólida, aunque no exenta de riesgos. Su economía crece por encima de la media europea (1,7 % previsto para 2025) y ha logrado contener la inflación antes que la mayoría de sus socios. El empleo se mantiene dinámico y la deuda pública, aunque alta, muestra una trayectoria descendente.
El motor sigue siendo el turismo, que ha recuperado niveles prepandemia, junto a la fortaleza de las exportaciones y la inversión en energías renovables. Pero el país arrastra debilidades estructurales: baja productividad, tejido empresarial frágil y una ejecución lenta de los fondos europeos.
El reto será convertir el impulso coyuntural en transformación estructural. España aspira a consolidarse como polo energético y logístico del sur de Europa, gracias al hidrógeno verde y a la interconexión con África. Pero el salto cualitativo requerirá políticas de innovación sostenidas, una mayor estabilidad regulatoria y una administración más eficiente. En un entorno europeo de crecimiento débil, el margen de maniobra dependerá de su capacidad para liderar proyectos transnacionales y aprovechar la financiación comunitaria.
- El riesgo político del estancamiento
Detrás de las cifras, late un problema de fondo: la fatiga política de Europa. El crecimiento lento alimenta el malestar social y da alas a los populismos. La erosión del poder adquisitivo y la desigualdad entre regiones amenazan la cohesión del proyecto europeo. Sin una narrativa de prosperidad compartida, el consenso comunitario se resquebraja.
El reto económico es también político: Europa necesita demostrar que puede generar bienestar sin renunciar a su modelo social. Y eso exige más que ajustes o prudencia fiscal. Exige visión, inversión común y confianza mutua entre Estados miembros. El verdadero peligro no es la recesión, sino la resignación.
Claves del tema
Contexto:
La Comisión Europea revisa a la baja las previsiones de crecimiento de la eurozona, mientras el BCE mantiene una política de tipos altos y las nuevas reglas fiscales buscan equilibrar disciplina e inversión.
Implicaciones:
El estancamiento prolongado amenaza con debilitar la cohesión social y política, agrandar la brecha tecnológica con EE. UU. y China y dificultar la transición verde y digital.
Perspectivas:
Si el BCE inicia un ciclo de bajadas de tipos en 2026 y los fondos europeos consolidan la inversión estratégica, la eurozona podría recuperar impulso. Pero sin una política industrial y presupuestaria verdaderamente común, Europa corre el riesgo de instalarse en una década de crecimiento mediocre.
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