La ilusión de la superioridad tecnológica
Durante años, el poder militar de Occidente se apoyó en una premisa incuestionable: la tecnología lo resolvía todo. Misiles guiados por satélite, inteligencia artificial, drones autónomos y comunicaciones seguras crearon la imagen de ejércitos invencibles, capaces de ganar guerras sin desgaste.
Pero esa ilusión se ha resquebrajado. La invasión rusa de Ucrania, el rearme de China y la posibilidad de conflictos prolongados han revelado una verdad incómoda: Occidente ha perdido su músculo industrial para sostener su potencia de fuego. En otras palabras, sabe golpear con precisión, pero no puede golpear durante mucho tiempo. Y más cuando los últimos enfrentamientos han sido, casi todos, de guerra contra el terrorismo.
De la herencia de la posguerra fría…
La caída del Muro de Berlín marcó el inicio de una era de complacencia estratégica. Con el enemigo soviético desaparecido, Europa y Estados Unidos redujeron sus arsenales, cerraron fábricas y recortaron presupuestos de defensa. La prioridad fue la eficiencia económica, no la preparación militar.
Las guerras de Irak, Afganistán o los Balcanes consolidaron esa mentalidad: operaciones de precisión, campañas aéreas breves y despliegues limitados. El resultado fue una desmilitarización industrial gradual. Las cadenas de producción de municiones, misiles y repuestos fueron absorbidas por conglomerados más pequeños o simplemente desmanteladas.
… A Ucrania, el espejo que no se puede evitar
El conflicto en Ucrania ha sido un baño de realidad. Kiev quema miles de proyectiles diarios, mientras la industria occidental apenas logra reponer una fracción de ese consumo. Los arsenales europeos se vacían más rápido de lo que la industria puede llenarlos.
Rusia, por el contrario, ha adaptado su economía a una lógica de guerra total. Fábricas reabiertas, producción masiva de artillería y cooperación con países como Irán o Corea del Norte mantienen su flujo de munición constante.
El Kremlin no gana por tecnología, sino por volumen y persistencia. Y Occidente, pese a toda su sofisticación, ha tenido que aprender que la superioridad tecnológica sin potencia de fuego sostenida es una ventaja efímera.
De la paradoja de la disuasión…
La OTAN sigue siendo la alianza militar más poderosa del mundo. Sin embargo, su poder real depende de algo más que sus presupuestos o su tecnología: de su capacidad de reponer lo que gasta.
La disuasión funciona solo si el adversario cree que puedes mantener el ritmo de combate el tiempo que haga falta. Hoy, para Rusia y China, esa credibilidad está en duda. Sus informes públicos, estudios y opiniones reflejan que Moscú y Pekín consideran que Europa se está preocupando mucho más de construir plataformas militares (carros combate, barcos, aviones) que de conseguir una potencia de fuego mantenida con la que convertirlos en ventaja operativa.
Estados Unidos ha reconocido retrasos en la producción de misiles Patriot y Javelin, mientras que Europa aún no cumple sus propias metas de entrega de proyectiles a Ucrania. El riesgo es claro: sin un flujo constante de materiales y munición, incluso las alianzas más fuertes se agotan.
…Al regreso de la economía de guerra
Ante esta evidencia, las potencias occidentales están reaccionando. La Unión Europea ha lanzado un ambicioso plan para multiplicar por cuatro la producción de munición de artillería antes de 2025. Estados Unidos ha invertido miles de millones en ampliar sus plantas de misiles y proyectiles. Empresas como Rheinmetall (Alemania), BAE Systems (Reino Unido) o General Dynamics (EE.UU.) trabajan ahora a ritmo acelerado, intentando reconstruir una capacidad industrial que llevaba tres décadas en declive.
Sin embargo, no se trata solo de producir más, sino de producir rápido y de forma resiliente. El desafío es recuperar la lógica de reserva estratégica y sostenibilidad que definió a las economías de guerra del siglo XX.
De la innovación al acero
Occidente sigue siendo líder en investigación y desarrollo militar. Pero la historia reciente demuestra que no se gana solo con innovación. La disuasión del siglo XXI requerirá una combinación de tecnología avanzada e infraestructura industrial capaz de sostenerla. En términos simples: no basta con diseñar el misil más preciso del mundo, hay que poder fabricar miles de ellos.
El verdadero campo de batalla ya no está solo en el frente ni en el ciberespacio: está en las fábricas, los talleres y las cadenas logísticas. La potencia de fuego —el volumen, la persistencia, la capacidad de resistir— vuelve a ser la medida del poder real. Si Occidente no reconstruye esa base industrial, su superioridad tecnológica podría convertirse en una fachada frágil.
“Creo que hemos despertado a un gigante dormido que terminará en una terrible resolución”. Esta frase es de Isoroku Yamamoto, almirante japones. A pesar de su papel en la planificación del ataque a Pearl Harbor, era contrario a la guerra contra Estados Unidos. Sabía que su país no podría competir a largo plazo con el poderío industrial de EE.UU. Yamamoto estudió en la Universidad de Harvard, trabajó como agregado naval en Washington y dominaba el inglés, lo que le dio una perspectiva única sobre la cultura, la economía y las capacidades militares estadounidenses. Hoy, ese potencial lo tiene China.
Reconstruir una base industrial militar sólida lleva años. Y más allá del dinero, se requiere una transformación cultural: asumir que la defensa ya no puede depender solo de la innovación tecnológica, sino también de la resiliencia industrial y logística.
De los tres principios básicos estratégicos, la OTAN lo tendría perdido en la elección del campo de batalla si las hostilidades las inicia Rusia, porque tomarán la iniciativa de donde y cuando atacar. Como en Ucrania, la velocidad de desplazamiento favorecería al ejército del Kremlin. A la Alianza solo le queda la potencia de fuego como medida última de la capacidad de resistencia militar. Sin ella, la tecnología y la estrategia pierden sustento.
El talón de Aquiles de Occidente no es la falta de ingenieros, ni de inteligencia, ni de voluntad política, sino la ausencia de una infraestructura industrial preparada para una guerra prolongada. En un mundo donde el equilibrio de poder vuelve a definirse por la producción y la capacidad de sostener el esfuerzo bélico, Occidente debe redescubrir el valor estratégico de la fábrica, no solo del laboratorio. Solo así su superioridad podrá seguir siendo efectiva más allá de la primera batalla.






