
En un mundo cada vez más interconectado, la infraestructura digital se ha convertido en una pieza estratégica comparable a los oleoductos o las rutas comerciales.
El debate no es nuevo, pero ha cobrado fuerza desde el inicio de la invasión de Ucrania y el aumento de las tensiones entre Moscú y la OTAN.
Lo que antes parecía un escenario propio de la ficción hoy forma parte de los ejercicios de seguridad de la Unión Europea y de las agencias de defensa occidentales.
La guerra híbrida ya no solo se libra en los campos de batalla, sino también en el ciberespacio y bajo las aguas del Atlántico.
El poder de los cables submarinos
El 97% del tráfico mundial de datos viaja a través de cables submarinos que cruzan los océanos. Europa depende especialmente de una red de más de 400 cables que conectan el continente con América, África y Asia.
Estos conductos transportan información financiera, comunicaciones gubernamentales y servicios digitales esenciales. Según el Atlantic Council, un sabotaje bien planificado en puntos clave podría desconectar regiones enteras durante días o incluso semanas.
En 2022, cuando comenzaron los primeros sabotajes a infraestructuras energéticas como el gasoducto Nord Stream, los expertos en ciberdefensa advirtieron que los cables de telecomunicaciones podrían convertirse en el próximo objetivo.
La OTAN incrementó entonces sus patrullas marítimas y creó un centro de coordinación para la protección de infraestructuras submarinas, consciente de que la interrupción de internet tendría un impacto económico incalculable.
Rusia posee una de las flotas más activas en operaciones submarinas y de inteligencia en aguas profundas. El buque Yantar, perteneciente a la marina rusa, ha sido visto en varias ocasiones navegando sobre rutas donde se concentran estos cables.
Aunque Moscú asegura que sus misiones son científicas, los servicios de inteligencia occidentales sostienen que el navío cuenta con equipos capaces de intervenir o cortar las líneas de transmisión.
Una guerra híbrida en continua e imparable expansión
El concepto de guerra híbrida combina la acción militar tradicional con ciberataques, desinformación y sabotaje de infraestructuras críticas.
En el conflicto entre Rusia y Ucrania, este tipo de operaciones se ha convertido en la norma. Desde 2022, Ucrania ha sufrido más de 2.000 ataques digitales registrados por la empresa ESET, dirigidos principalmente a servicios públicos, bancos y medios de comunicación.
Europa teme que una escalada en el conflicto lleve a Moscú a extender estas tácticas hacia países miembros de la OTAN.
No sería necesario cortar totalmente el acceso a internet para causar un gran impacto. Bastaría con interrumpir temporalmente las conexiones transatlánticas o las redes regionales para afectar los mercados financieros, el transporte aéreo o los sistemas de defensa.
Un informe de la Universidad de Oxford de 2024 estima que un apagón digital de solo 48 horas costaría a la economía europea más de 150.000 millones de euros.
El estudio advierte que la dependencia del comercio electrónico, los pagos digitales y los sistemas logísticos automatizados haría que las consecuencias fueran inmediatas y difíciles de contener.
Los drones y la guerra tecnológica de 2025 podrían ser solo el punto de partida
En 2025, la guerra en Ucrania ha evolucionado hacia un conflicto donde los drones y la inteligencia artificial juegan un papel crucial.
Rusia y Ucrania utilizan miles de dispositivos no tripulados para reconocimiento, bombardeos y tareas de interferencia electrónica. Estos aparatos, además de su función militar, pueden ser utilizados para localizar o interferir comunicaciones estratégicas.
La OTAN ha comenzado a integrar drones de vigilancia submarina en sus ejercicios navales para detectar movimientos sospechosos cerca de las rutas de comunicación digital.
“La amenaza ya no es hipotética”, señalaba recientemente el almirante Rob Bauer, presidente del Comité Militar de la Alianza. “La protección de los cables y nodos digitales es ahora tan importante como la defensa aérea”.
Además, las fuerzas europeas están trabajando con empresas privadas de telecomunicaciones para fortalecer la resiliencia de las redes.
Se están instalando sensores que monitorizan la presión, la vibración y la actividad eléctrica a lo largo de los cables, con el fin de detectar manipulaciones en tiempo real. Este tipo de colaboración público-privada marca una nueva etapa en la defensa digital del continente.
Qué pasaría si Europa se quedara sin internet
Si un sabotaje lograra aislar a Europa parcialmente del resto del mundo, los efectos serían inmediatos.
Los sistemas financieros experimentarían bloqueos, los mercados de valores colapsarían y las comunicaciones militares y diplomáticas se verían comprometidas.
La logística y el transporte también se paralizarían, afectando el suministro de alimentos, medicinas y energía.
El sector público tampoco escaparía a la crisis: hospitales, servicios de emergencia y redes eléctricas dependen hoy de conexiones estables y seguras.
La falta de internet no solo afectaría la economía, sino la seguridad de millones de personas. En escenarios más extremos, los gobiernos tendrían que recurrir a redes satelitales de emergencia, como Starlink o el futuro sistema europeo IRIS, diseñado precisamente para garantizar la conectividad en situaciones de guerra o desastre.
Los expertos coinciden en que un ataque de esta magnitud sería considerado una agresión directa y podría activar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que establece la defensa colectiva ante una amenaza a cualquier miembro de la Alianza.
Mucho aún que lidiar
Aunque un corte total de internet en Europa es poco probable, la posibilidad de una interrupción selectiva sigue siendo una amenaza real.
Rusia ha demostrado su capacidad para combinar presión militar, desinformación y ataques cibernéticos de forma coordinada. Por ello, los analistas sostienen que la defensa digital se ha convertido en el nuevo frente geopolítico del siglo XXI.






