EUROPA NO SE BORRA

La frase resonó en Múnich con la intención de provocar y el eco de una campaña permanente. En la clausura de la Conferencia de Seguridad, Kaja Kallas afirmó que «la Europa woke y decadente no está amenazada por el borrado de su civilización». No era solo una respuesta a Donald Trump. Era, sobre todo, una réplica a un marco narrativo. A la caricatura de una Unión Europea débil, acomplejada y al borde del colapso cultural. La seguridad ya no se discute únicamente en términos de tanques y presupuestos. Se debate también en el terreno simbólico. En la batalla por el relato. Y ahí Europa ha decidido no replegarse. La pregunta es si sabrá sostener esa firmeza más allá del aplauso retórico.

REDEFINICIÓN DEL PROYECTO EUROPEO. La intervención de la Alta Representante se produce en un momento en que el regreso de Trump a la Casa Blanca ha reconfigurado el eje transatlántico. Washington ha endurecido el tono, ha vinculado su compromiso con la OTAN a mayores exigencias presupuestarias y ha recuperado un discurso que contrapone fortaleza nacional frente a multilateralismo. En ese contexto, presentar a la Unión como un espacio “woke” y decadente no es un simple insulto cultural: es una estrategia política. Busca erosionar la legitimidad moral del proyecto europeo, desacreditar su defensa de derechos y debilitar su cohesión interna. La respuesta de Bruselas, articulada por Kallas, no ha sido entrar en la provocación, sino desmontar la premisa. Europa —vino a decir— no está en proceso de autodestrucción. Al contrario, atraviesa una fase de redefinición estratégica que combina inversión en defensa, autonomía tecnológica y reafirmación normativa.

MENOS PALABRAS Y MÁS RESULTADOS. Sin embargo, el reto europeo no es solo externo. La narrativa de la decadencia encuentra eco en algunos Estados miembros donde el euroescepticismo y el nacionalismo cultural ganan terreno. Por eso la respuesta a Trump no puede limitarse a la diplomacia. Debe traducirse en resultados tangibles: capacidades militares reales, política industrial eficaz, control de fronteras compatible con el Estado de Derecho y una agenda económica que proteja a sus clases medias. La Unión ha comenzado a moverse en esa dirección con fondos para la industria de defensa, flexibilización de reglas fiscales para inversiones estratégicas y un discurso más claro sobre soberanía energética. Pero la credibilidad no se construye solo con comunicados. Se consolida cuando el ciudadano percibe que el proyecto común mejora su seguridad y su prosperidad.

LA BATALLA POR EL CAMBIO DE RELATO. La frase de Múnich, en definitiva, marca un punto de inflexión retórico. Europa ha decidido no aceptar el marco cultural impuesto desde Washington ni desde sus propias periferias políticas. No es irrelevante que esa afirmación provenga de una dirigente del este europeo, consciente de que la seguridad no es un concepto abstracto. Frente al unilateralismo estadounidense, la Unión parece optar por una combinación de firmeza y pragmatismo: mantener la alianza atlántica, pero reducir dependencias críticas; cooperar, pero prepararse para escenarios de desenganche. La verdadera prueba no será la próxima conferencia internacional, sino la coherencia interna. Si Europa logra traducir su defensa de valores en poder efectivo —económico, tecnológico y militar—, la acusación de decadencia perderá fuerza. Si no, el relato ajeno encontrará terreno fértil. En la política global de 2026, sobrevivir no basta: hay que demostrar vitalidad.

 

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