BRUSELAS FIRMA ACUERDOS MIENTRAS WASHINGTON LEVANTA MUROS

Mientras Estados Unidos vuelve a hacer del arancel un arma política y electoral, la Unión Europea ha optado por acelerar justo en la dirección contraria: cerrar acuerdos, abrir mercados y reforzar alianzas económicas con vocación estratégica. El impulso definitivo al acuerdo comercial con la India no es una casualidad ni una negociación más en la agenda comunitaria. Es una decisión de alcance estructural en un mundo cada vez más fragmentado, donde el comercio se ha convertido en geopolítica por otros medios. Frente a la lógica del repliegue y la presión bilateral que encarna Donald Trump, Bruselas apuesta por anclarse a los grandes polos de crecimiento del siglo XXI. Y hoy, ninguno es tan determinante como la India.

ACUERDO CON LA INDIA. La negociación con Nueva Delhi revela hasta qué punto la política comercial se ha transformado en una herramienta de poder estratégico para la Unión Europea. La India no es solo un mercado de más de 1.400 millones de personas. Es una potencia emergente con ambición industrial, liderazgo tecnológico creciente y una posición clave en el equilibrio asiático. Para Europa, cerrar este acuerdo significa diversificar riesgos en un contexto de desacoplamiento parcial con China y de creciente imprevisibilidad estadounidense. Significa también asegurarse un socio que, a diferencia de otros, no quiere quedar atrapado en una lógica de bloques rígidos, sino preservar su autonomía estratégica. El contraste con Washington no podría ser más evidente. Mientras la administración estadounidense —con Trump como catalizador político— recupera una visión abiertamente proteccionista, la UE refuerza su papel como arquitecta de reglas, estándares y marcos estables.

PRESENCIA EN EL INDO-PACÍFICO. El acuerdo con la India no se limita a rebajar aranceles: incorpora inversión, servicios, cooperación tecnológica, propiedad intelectual y sostenibilidad. Es, en esencia, un intento de proyectar el modelo europeo en uno de los espacios donde se decidirá el futuro del comercio global. Para Bruselas, no se trata solo de vender más, sino de seguir influyendo. Esta apuesta tiene también una lectura geopolítica directa. En un Indo-Pacífico cada vez más tensionado, Europa necesita presencia real, no solo discursos estratégicos. La India ofrece esa puerta de entrada. A diferencia de China, es una democracia con la que la UE puede construir un relato compartido; a diferencia de Estados Unidos, no impone condiciones desde una lógica de poder asimétrica. El acuerdo comercial se convierte así en un pilar silencioso de la política exterior europea, complementando su ambición de autonomía estratégica sin necesidad de confrontación directa.

MERCOSUR EN SEGUNDO TÉRMINO. En este contexto, la reactivación del acuerdo con Mercosur aparece como una pieza secundaria pero coherente del mismo tablero. América Latina sigue siendo relevante para materias primas, energía y proyección geoeconómica, pero el verdadero salto cualitativo está en Asia. El centro de gravedad del crecimiento global se desplaza hacia allí, y Europa parece haber asumido que no puede permitirse llegar tarde. Acelerar con la India es, en realidad, una carrera contra el tiempo. Nada de esto está exento de tensiones internas. Los acuerdos comerciales generan resistencias, debates legítimos y miedos comprensibles en sectores productivos europeos. Pero el dilema es claro: adaptarse al nuevo orden o resignarse a perder peso. En un mundo donde Estados Unidos levanta aranceles y China subsidia estratégicamente su industria, la pasividad no es neutralidad: es declive. Europa ha elegido firmar mientras otros levantan muros. No por ingenuidad, sino por cálculo estratégico. El acuerdo con la India es la prueba más clara de que Bruselas entiende que su poder futuro no dependerá solo de su mercado interno, sino de su capacidad para tejer alianzas duraderas con los actores que marcarán el siglo XXI. En esa partida, la política comercial ya no es técnica: es pura geopolítica.

 

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