COMPETITIVIDAD EUROPEA: MUCHO DIAGNÓSTICO Y POCAS DECISIONES

La reunión extraordinaria de jefes de Gobierno del pasado día 12 ha servido para constatar una evidencia incómoda: la Unión Europea lleva más de un año discutiendo sobre competitividad sin haber traducido los grandes diagnósticos en decisiones estructurales. La presencia de Enrico Letta y Mario Draghi, autores de los dos informes estratégicos encargados por la Comisión al inicio de la legislatura, ha vuelto a poner sobre la mesa las mismas advertencias. El problema ya no es saber qué falla en Europa, sino explicar por qué seguimos sin corregirlo mientras Estados Unidos y China avanzan con determinación. La brecha competitiva no es una amenaza futura: es una realidad presente.

INFORMES LETTA Y DRAGHI. El informe de Enrico Letta, presentado en la primavera de 2024, y el de Mario Draghi, hecho público en septiembre de ese mismo año, coincidían en el diagnóstico central: la fragmentación del mercado interior, la debilidad de la inversión privada, el retraso tecnológico y la insuficiente escala industrial están lastrando de forma estructural la capacidad competitiva de la Unión. Desde entonces, sin embargo, el avance ha sido limitado. Se han multiplicado las declaraciones políticas, los compromisos genéricos y los planes estratégicos, pero las reformas profundas siguen bloqueadas por la lógica intergubernamental y el miedo a tocar intereses nacionales sensibles. Mientras tanto, los datos duros muestran la dimensión del reto: en 2024 la Unión Europea no logró alcanzar el objetivo de invertir el 3 % de su PIB en investigación y desarrollo (R&D), quedándose en torno al 2,2 % del PIB —por debajo tanto de China (aproximadamente 2,68 %) como de Estados Unidos (alrededor del 3,4 %). Esa inversión está directamente relacionada con la capacidad de innovar, crecer y competir globalmente. También en términos agregados de gasto en I+D, China ha superado recientemente a Estados Unidos: en 2024 destinó alrededor de 785 900 millones de dólares a I+D, ligeramente por encima de los 781 800 millones de EE. UU., un hito que refleja la implacable inversión de Pekín en tecnologías clave como IA, semiconductores y energías limpias. Estas cifras, además, ocultan otras brechas: las empresas europeas representan aproximadamente el 18,7 % del gasto industrial global en I+D entre las principales 2 000 compañías, frente al 42,3 % de las estadounidenses y el 17,1 % de las chinas, lo que traduce la dispersión de esfuerzos europeos.

EUROPA ATRAPADA EN EL DEBATE. Desde septiembre de 2024, la Comisión ha intentado reordenar el discurso bajo el paraguas de la “competitividad sostenible”, pero los hechos muestran una Unión más reactiva que estratégica. Mientras Estados Unidos ha consolidado un modelo de apoyo masivo a su industria a través de políticas fiscales y apoyos dirigidos a tecnología y producción estratégica, Europa sigue atrapada en el debate entre ayudas de Estado, disciplina presupuestaria y equilibrios territoriales. China, por su parte, continúa reforzando su control sobre las cadenas de valor críticas y ampliando su presencia industrial global. El tamaño de la economía también dibuja este desequilibrio: en 2024 el PIB nominal de Estados Unidos fue de alrededor de 28,8 billones de dólares, frente a 19,5 billones de la UE y 18,7 billones de China, pero con un crecimiento sostenido más alto en el caso de China. La reunión del día 12 ha vuelto a evidenciar esta paradoja europea: consenso amplio en el diagnóstico y parálisis en la ejecución. Letta y Draghi no han traído ideas nuevas, porque no hacían falta. Han recordado, con distintos acentos, que sin un verdadero mercado único de capitales no habrá innovación a escala; que sin inversión común en tecnologías estratégicas la autonomía seguirá siendo retórica; y que sin una política industrial europea coherente la transición verde y digital será un factor de desventaja, no de liderazgo. El riesgo para la Unión no es solo perder competitividad frente a Estados Unidos y China, sino normalizar el declive relativo como si fuera un fenómeno inevitable. Europa sigue teniendo talento, mercado y capacidad normativa. Lo que falta, y sigue faltando, es decisión política para convertir los diagnósticos en poder real.

 

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