Experto en migraciones y analista internacional.
El Gobierno suspende indefinidamente la compra del caza furtivo F‑35, alegando exclusividad industrial europea y soberanía tecnológica. ¿Es una elección soberana o resultado de presiones de Francia para consolidar su dominio en la defensa europea?
¿Por qué España descarta el F‑35?
Este 6 de agosto de 2025, El País publicó que el Ejecutivo español había decidido suspender indefinidamente la compra del F‑35 de Lockheed Martin, pese a haber reservado 6.250 millones de euros en los presupuestos de 2023 para reemplazar los Harrier AV‑8B de la Armada y los F‑18 del Ejército del Aire.
La decisión parece enmarcarse en un compromiso político: el de destinar el 85% del gasto en defensa a proveedores europeos, lo que excluye automáticamente al F‑35, que es americano.
Pero Defensa también estaría alegando riesgos operativos, afirmando que el F‑35 es una “caja negra tecnológica”, con restricciones al acceso a su software y limitaciones incluso durante conflictos internacionales. Aunque estos inconvenientes tecnológicos no han sido en absoluto una excusa para que nuestros aliados compren estos aparatos de 5º generación.
Es sin duda el “miedo” a un cambio tecnológico tan importante, sumado a las presiones francesas-europeas para no comprar material militar norteamericano, las verdaderas razones de esta incomprensible decisión, analizado desde un punto de vista estratégico.
Presión francesa y el caso de Bélgica
Esta postura española con respecto a los cazas norteamericanos no se entiende sin mirar directamente a lo que sucede en el corazón del programa FCAS. El pasado mes de julio de este año, el CEO de Dassault Aviation, Éric Trappier, lanzó una dura advertencia: Bélgica debe cancelar la compra de once F‑35A si quiere seguir siendo socio pleno del FCAS, tras invertir 300 millones de euros en ese programa.
Trappier llegó a acusar a Bélgica de “burlarse” de la industria europea: “Quieren los empleos del FCAS, pero compran americano”. En respuesta, el ministro belga de Defensa calificó estas declaraciones de arrogantes y reafirmó el derecho soberano de diversificar proveedores.
Este episodio con Bélgica expone un claro modelo francés: condicionar la participación en aliados europeos al alineamiento comercial con Dassault. No es una recomendación, sino una injerencia institucional destinada a preservar su liderazgo industrial.

¿Evita España el F‑35 por convicción o por presión?
España argumenta soberanía tecnológica y una visión de defensa autónoma europea. Sin embargo, ¿no encaja ese discurso con una presión francesa (compra europea o exclusión industrial) que exige alineamiento completo, incluso silenciando opciones estratégicas como el F‑35?
El programa FCAS nació como una colaboración equilibrada entre Francia (Dassault), Alemania (Airbus) y España (Indra). Pero en los últimos meses, Francia ha aumentado la presión para asumir el control total del caza de nueva generación (NGF), exigiendo hasta un 80% del reparto industrial en algunos pilares clave.
París no solo quiere liderar el diseño del avión. Quiere controlar los sensores, la arquitectura de combate en red y los algoritmos de IA embarcada. Un movimiento que ha molestado a Berlín y genera tensiones en Madrid.
La paradoja es evidente: se sacrifica interoperabilidad, operatividad naval en OTAN y capacidad furtiva, apelando a la coherencia industrial. Y sin embargo, se deja intacto el modelo hegemónico que Francia reclama y defiende.
Alternativas europeas y coste de oportunidad
Las alternativas europeas a los Harriers son actualmente escasas o inexistentes (¿Rafale M?) por lo que, durante al menos dos décadas, España renunciará a capacidades de quinta generación. Eso debilita su proyección estratégica en OTAN y su respaldo diplomático con EE.UU., mientras otros países adquieren ya el F‑35 como equipamiento común europeo.
Tampoco es menor el efecto en la interoperabilidad con aliados. El F‑35A, con su alta capacidad furtiva y sus sistemas de información integrados, se convirtió en el “estándar” entre varias Fuerzas Armadas europeas como Alemania, Reino Unido, Italia, Polonia o Países Bajos. España renuncia a ese puente tecnológico antes de llegar al FCAS, caza europeo de sexta generación que no estará en servicio antes de 2040 (y sin despegue vertical).
Interoperabilidad NATO vs hegemonía europea
España necesita defender una cooperación europea, sí, pero no con la hegemonía industrial de un solo país. Apoyar la industria europea no debe significar aceptar imposiciones que comprometan la operatividad y autonomía estratégica real.
El F‑35 representa un puente tecnológico operativo que, aunque imperfecto, permite mantener capacidad de defensa y disuasión mientras el FCAS se desarrolla. Al renunciar, España acepta una brecha de capacidades que deteriora su interoperabilidad con aliados.
Las presiones de Francia, reflejadas en el caso Bélgica, desmienten el relato de igualdad industrial europea. Lo que está en juego es la transformación del FCAS en un proyecto dominado por una sola nación y sus empresas: un modelo contrario a la cooperación auténtica.
España debe exigir una gobernanza compartida del FCAS (y otros proyectos europeos) o defender el derecho a diversificar alianzas industriales sin penalización política. Ese es el equilibrio que necesita: soberanía compartida, industria europea firme y libertad estratégica para elegir lo mejor para la defensa de nuestras fronteras, porque si Europa no puede ni consensuar quién diseña sus propios cazas… ¿qué tipo de autonomía estratégica estamos construyendo?






