La devastadora ola de incendios que vuelve a recorrer Europa no puede interpretarse como una sucesión de episodios aislados ni como una fatalidad inevitable del verano. Es la expresión visible de un problema estructural que combina el impacto cada vez más evidente del cambio climático con décadas de abandono del medio rural. A temperaturas extremas, sequías prolongadas, lluvias irregulares y fenómenos meteorológicos más intensos se suma una transformación silenciosa del paisaje europeo: menos agricultores, menos ganaderos, menos aprovechamientos forestales y miles de hectáreas de monte sin gestionar. Allí donde antes existían cultivos, pastoreo y actividad económica, hoy se acumula una masa vegetal seca que multiplica la capacidad destructiva del fuego. Mientras tanto, la Unión Europea parece haber perdido parte del impulso político que convirtió al Pacto Verde en uno de los grandes ejes de la anterior legislatura. La ralentización de sus políticas climáticas y ambientales no es neutra ni gratuita. Está debilitando la capacidad preventiva de un continente que se enfrenta a incendios más extensos, más rápidos y más difíciles de controlar. Europa arde porque el clima está cambiando, pero también porque ha dejado solo a buena parte de su territorio.
EL CAMBIO CLIMÁTICO. Las imágenes de bosques calcinados, poblaciones evacuadas, carreteras cortadas y miles de efectivos luchando contra el fuego se repiten cada verano con una intensidad creciente desde Portugal hasta Grecia, pasando por España, Francia, Italia, los Balcanes y otras regiones que hasta hace pocos años no se consideraban especialmente expuestas. La explicación más inmediata apunta al calentamiento global, y resulta imposible negar una realidad que se manifiesta en olas de calor más frecuentes, temperaturas nocturnas elevadas, periodos de sequía más prolongados y una disminución de la humedad del suelo. El cambio climático no provoca por sí solo cada incendio, pero crea las condiciones idóneas para que cualquier negligencia, accidente o acción deliberada desencadene una catástrofe. El fuego avanza ahora con una velocidad inédita, genera sus propios vientos y supera con facilidad los dispositivos de extinción más preparados. Sin embargo, sería un grave error atribuir toda la responsabilidad al clima y pensar que la solución depende únicamente de reducir las emisiones. El fuego encuentra hoy un territorio mucho más vulnerable porque Europa ha ido perdiendo población rural, explotaciones familiares, ganadería extensiva y una cultura secular de mantenimiento del monte. La crisis de los incendios es, por tanto, climática, pero también territorial, económica y demográfica.
DESAPARICIÓN DE LA AGRICULTURA Y LA GANADERÍA. La desaparición progresiva de la actividad agrícola y ganadera ha permitido que millones de hectáreas acumulen una enorme cantidad de biomasa seca, convirtiendo amplias zonas forestales en auténticos polvorines preparados para arder. Allí donde antes había rebaños que limpiaban el sotobosque, campos cultivados que fragmentaban el paisaje y familias que vigilaban cada parcela, hoy predominan espacios abandonados, caminos intransitables y montes donde la vegetación crece sin control. Durante demasiado tiempo se ha considerado que proteger la naturaleza significaba dejarla intacta, cuando muchos ecosistemas europeos son el resultado de siglos de interacción equilibrada entre el ser humano y el territorio. Combatir el fuego únicamente con más hidroaviones, brigadas y medios tecnológicos resulta insuficiente si no se recupera una política decidida de prevención, desbroce, gestión forestal, aprovechamiento de la biomasa y revitalización económica del mundo rural. La extinción es imprescindible, pero siempre llega cuando el incendio ya ha comenzado. La verdadera política contra el fuego debe desarrollarse durante los doce meses del año y necesita agricultores, ganaderos, empresas forestales, ayuntamientos y administraciones coordinadas. Sin vida en los pueblos, sin rentabilidad en el campo y sin una gestión activa del paisaje, Europa continuará gastando cantidades crecientes en apagar incendios que podría haber evitado o reducido.
RALENTIZACIÓN DEL PACTO VERDE. En este contexto resulta especialmente preocupante que la actual legislatura europea haya ralentizado buena parte del impulso inicial del Pacto Verde y que la transición ecológica haya pasado de ser una prioridad compartida a convertirse en objeto de una disputa cada vez más ideológica. La presión de algunos sectores económicos, las protestas agrarias, el avance de fuerzas políticas escépticas y el temor a perder competitividad frente a Estados Unidos y China han llevado a suavizar, retrasar o revisar distintas iniciativas ambientales. Algunas correcciones eran necesarias, porque ninguna política verde puede prosperar si ignora sus costes sociales o traslada todo el esfuerzo a agricultores, familias y pequeñas empresas. Pero corregir no puede significar renunciar, y flexibilizar no debería convertirse en aplazar indefinidamente las decisiones. Frenar la adaptación climática, la restauración de ecosistemas, la gestión sostenible de los bosques o la reducción de emisiones tendrá consecuencias directas sobre la frecuencia y la gravedad de los incendios. Europa necesita un Pacto Verde más realista, más rural y mejor financiado, pero no un Pacto Verde desactivado. Proteger los bosques exige apoyar a quienes viven de ellos, garantizar rentas dignas, movilizar inversiones y entender que seguridad climática, política agrícola y cohesión territorial forman parte de una misma estrategia. Si el continente quiere dejar de aparecer cada verano en llamas, deberá asumir que la prevención comienza mucho antes de la primera columna de humo.






