Europa busca desesperadamente una fórmula para recuperar competitividad frente a Estados Unidos y China. Bruselas habla de simplificación regulatoria, inversión, innovación, energía asequible, autonomía estratégica y fortalecimiento de la industria. Sin embargo, mientras la Unión Europea intenta movilizar nuevos recursos para competir en la economía global, continúa arrastrando una debilidad mucho más cercana: las barreras que todavía fragmentan su propio mercado interior. Más de tres décadas después de su creación, el mercado único sigue siendo una construcción incompleta, especialmente en servicios, energía, capitales, telecomunicaciones y determinadas actividades digitales.
La contradicción comienza a resultar difícil de sostener. Europa pretende crear empresas capaces de competir globalmente mientras muchas compañías todavía encuentran obstáculos para operar indistintamente en los veintisiete Estados miembros. Quiere movilizar el ahorro europeo hacia inversiones productivas, pero mantiene mercados de capitales fragmentados. Aspira a disponer de energía competitiva, aunque persisten grandes diferencias entre mercados nacionales. La competitividad europea depende así no solamente de nuevas políticas industriales, sino de completar una de las promesas más antiguas de la integración.
Un gigante económico todavía fragmentado
El mercado único constituye probablemente el mayor éxito económico de la Unión. La libre circulación de bienes, servicios, personas y capitales permitió construir un espacio económico de aproximadamente 450 millones de consumidores y convirtió a Europa en una de las mayores áreas comerciales del planeta.
Pero esa dimensión estadística oculta una realidad más compleja.
Para los bienes físicos, la integración ha avanzado considerablemente. Una empresa industrial puede producir en un país y vender en otro con muchas menos dificultades que hace treinta años. En los servicios, sin embargo, las fronteras nacionales continúan siendo mucho más visibles.
Regulaciones profesionales diferentes, requisitos administrativos, licencias nacionales, fiscalidad, normas laborales, procedimientos de contratación pública y distintas interpretaciones regulatorias dificultan que una compañía pueda utilizar realmente Europa como un único mercado.
El problema resulta especialmente importante porque los servicios representan alrededor de tres cuartas partes de la economía europea.
La UE dispone, por tanto, de un mercado único considerablemente más integrado precisamente en algunos sectores industriales tradicionales que en muchas de las actividades que determinarán buena parte del crecimiento futuro.
El coste invisible de las fronteras económicas
Las barreras interiores no suelen ser tan visibles como un arancel. No existen puestos fronterizos para comprobar documentos comerciales entre Francia y Alemania ni derechos aduaneros entre España y Países Bajos.
Pero existen costes regulatorios.
Una pequeña empresa que pretende operar simultáneamente en varios Estados puede verse obligada a adaptar contratos, procedimientos administrativos, requisitos fiscales o certificaciones. Para una multinacional, estos costes pueden resultar asumibles. Para una pyme, pueden convertirse en una barrera prácticamente infranqueable.
Esa fragmentación afecta directamente a la capacidad de crecimiento de las empresas europeas.
Estados Unidos ofrece a sus compañías un enorme mercado doméstico relativamente homogéneo. China dispone igualmente de una escala continental. Europa tiene una población y una capacidad económica comparables, pero muchas empresas continúan creciendo inicialmente dentro de mercados nacionales de dimensiones mucho menores.
La diferencia resulta decisiva en sectores tecnológicos donde alcanzar rápidamente una gran escala permite reducir costes, acumular datos, atraer inversión y competir internacionalmente.
Europa puede tener mercado único sobre el papel y continuar comportándose económicamente como una suma de mercados nacionales.
Competitividad antes que nuevos recursos
El debate europeo sobre competitividad suele concentrarse en cuánto dinero necesita movilizar la Unión. Las necesidades de inversión en transición energética, digitalización, defensa, inteligencia artificial, infraestructuras y nuevas tecnologías son enormes.
Pero existe una cuestión anterior: dónde y bajo qué condiciones se invertirá ese dinero.
La inversión pública puede impulsar determinados sectores estratégicos, pero difícilmente compensará permanentemente las ineficiencias provocadas por un mercado fragmentado.
Europa necesita capital, pero también necesita que ese capital pueda circular con facilidad hacia los proyectos más productivos independientemente del país donde se encuentren.
Necesita nuevas empresas tecnológicas, pero también permitir que una startup creada en Madrid, París, Berlín o Helsinki pueda considerar desde su nacimiento a toda la Unión como su mercado doméstico.
La competitividad europea dependerá tanto de eliminar barreras como de crear nuevos instrumentos financieros.
Capitales: el gran proyecto pendiente
Uno de los ejemplos más evidentes es el mercado financiero. Europa dispone de una enorme capacidad de ahorro privado, pero una parte considerable no termina financiando inversiones productivas dentro de la propia Unión.
La fragmentación de los mercados nacionales dificulta canalizar esos recursos hacia empresas innovadoras y proyectos de crecimiento.
Mientras Estados Unidos dispone de mercados de capitales profundos y capaces de financiar rápidamente la expansión empresarial, las compañías europeas continúan dependiendo en mayor medida del crédito bancario.
El problema aparece especialmente cuando una empresa necesita grandes cantidades de capital para crecer.
Muchas compañías europeas innovadoras terminan buscando financiación fuera de la Unión o trasladando parte de su actividad hacia mercados donde resulta más sencillo encontrar inversores capaces de asumir riesgos.
Completar la unión de los mercados de capitales —ahora impulsada bajo una visión más amplia de ahorro e inversión— se ha convertido por ello en una pieza central de la nueva estrategia europea.
No se trata solamente de una reforma financiera. Es una política industrial.
Energía y telecomunicaciones: mercados europeos a medias
Algo parecido ocurre con la energía. Las diferencias de precios entre Estados miembros afectan directamente a la localización de las inversiones industriales.
Europa ha construido un mercado energético interconectado, pero todavía existen importantes cuellos de botella en redes, interconexiones y capacidad de transporte.
La industria europea necesita electricidad abundante, estable y competitiva. Sin una verdadera integración energética, las diferencias nacionales pueden determinar qué regiones atraen nuevas fábricas, centros de datos o proyectos tecnológicos.
Las telecomunicaciones presentan otro ejemplo significativo.
La UE dispone de grandes operadores, pero el mercado continúa dividido esencialmente en estructuras nacionales. Europa mantiene decenas de operadores mientras Estados Unidos y China cuentan con mercados mucho más concentrados.
El debate sobre consolidación resulta políticamente complejo porque enfrenta competencia, inversión y soberanía nacional, pero demuestra nuevamente la misma dificultad: Europa quiere competir como continente mientras muchos de sus mercados continúan funcionando como espacios nacionales.
El riesgo de una nueva fragmentación industrial
La nueva política industrial europea introduce además otro peligro. La respuesta a la competencia estadounidense y china ha llevado a los gobiernos europeos a incrementar ayudas públicas para sectores estratégicos.
Pero no todos los Estados disponen de la misma capacidad presupuestaria.
Alemania o Francia pueden movilizar recursos muy superiores a los disponibles para economías más pequeñas. Si las ayudas nacionales sustituyen progresivamente a instrumentos europeos comunes, la estrategia destinada a fortalecer la industria podría terminar fragmentando aún más el mercado único.
La carrera mundial de subsidios puede convertirse entonces en una carrera interna.
La cuestión no consiste en impedir que los Estados apoyen determinadas inversiones estratégicas, sino en garantizar que esas políticas no alteren profundamente las condiciones de competencia dentro de la Unión.
La autonomía estratégica europea difícilmente puede construirse mediante veintisiete autonomías industriales nacionales.
De la regulación a la escala
Europa posee importantes ventajas competitivas: universidades, infraestructuras, capacidad científica, trabajadores cualificados, estabilidad institucional y uno de los mayores mercados de consumidores del mundo.
El problema es transformar esas capacidades en escala empresarial.
Durante años, la UE ha demostrado una extraordinaria capacidad para regular nuevos mercados. El desafío de la próxima etapa será conseguir que también pueda crearlos y permitir que sus empresas crezcan dentro de ellos.
La simplificación regulatoria que Bruselas ha situado en el centro de su agenda solamente tendrá verdadero impacto si reduce también la fragmentación entre Estados.
Menos burocracia europea acompañada de veintisiete burocracias nacionales diferentes no resolverá el problema.
El mercado único necesita entrar en una segunda gran fase de integración.
La frontera que Europa todavía debe eliminar
La Unión Europea suele buscar fuera las causas de sus dificultades competitivas. Los subsidios chinos, la política industrial estadounidense, los costes energéticos o la carrera tecnológica mundial constituyen desafíos reales.
Pero una parte de la respuesta está dentro de Europa.
La UE dispone ya de una escala económica comparable a sus grandes competidores. Lo que todavía no posee plenamente es la capacidad de utilizarla.
Completar el mercado único no tiene la espectacularidad política de crear un gran fondo industrial europeo ni la visibilidad de anunciar nuevas fábricas de semiconductores. Exige eliminar miles de pequeñas barreras regulatorias, armonizar procedimientos y aceptar que determinadas competencias económicas deben ejercerse cada vez más desde una perspectiva continental.
Pero probablemente ninguna reforma podría aportar una mejora estructural comparable.
Europa lleva más de treinta años construyendo su mercado único. La nueva batalla por la competitividad puede obligarla finalmente a terminarlo.
CLAVES
Contexto: La Unión Europea busca recuperar competitividad frente a Estados Unidos y China, pero mantiene importantes barreras internas en servicios, capitales, energía, telecomunicaciones y regulación empresarial.
Implicaciones: La fragmentación reduce la capacidad de crecimiento de las empresas europeas, dificulta la financiación de la innovación y limita la escala continental que debería constituir una de las principales ventajas económicas de la UE.
Perspectivas: Completar el mercado único deberá convertirse en uno de los pilares de la nueva estrategia de competitividad. Europa necesita inversión y política industrial, pero también eliminar las fronteras económicas que todavía impiden que sus 450 millones de consumidores funcionen como un verdadero mercado doméstico.
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