Análisis | El nuevo Pacto Europeo de Competitividad: prioridades industriales, política de innovación y batalla por la productividad

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Ursula von der Leyen durante la presentación de la Brújula de la Competitividad

Introducción

La Unión Europea afronta un punto de inflexión en su política económica. Tras una década marcada por crisis superpuestas —sanitaria, energética, geopolítica y tecnológica—, la brecha de productividad con Estados Unidos y China amenaza con consolidarse como un factor estructural de pérdida de relevancia global. En este contexto, la Comisión y los Estados miembros han acelerado la construcción de un Pacto Europeo de Competitividad, una agenda que aspira a articular inversiones estratégicas, reformas regulatorias y coordinación industrial a escala continental. La iniciativa pretende redefinir el marco económico del nuevo ciclo institucional, ofreciendo respuestas a la fragmentación normativa, al déficit de innovación y a la insuficiente capacidad de escala de las empresas europeas. Pero también abre debates profundos sobre el equilibrio entre disciplina fiscal y ambición industrial, sobre la flexibilidad de las ayudas de Estado y sobre el grado de integración económica que la UE está dispuesta a aceptar para enfrentar la competencia global. La urgencia es real: la ventana para reactivar el dinamismo europeo podría cerrarse rápidamente si no se adoptan decisiones coherentes y sostenibles.

La urgencia de una estrategia común: productividad y autonomía industrial

El diagnóstico de Bruselas es claro: Europa invierte menos, innova más despacio y escala peor sus tecnologías que sus competidores globales. La productividad laboral crece de forma anémica, la industria pierde peso en el PIB y la inversión privada en I+D continúa por debajo del objetivo del 3 %. El Pacto de Competitividad nace como una respuesta integral a estas dinámicas, proponiendo una serie de palancas para impulsar la capacidad industrial, acelerar la adopción de tecnologías críticas y reforzar la autonomía estratégica en sectores como la microelectrónica, la biotecnología, la inteligencia artificial, el almacenamiento energético o los materiales avanzados. La Comisión insiste en que la velocidad es tan importante como la profundidad: sin un marco coordinado, Europa corre el riesgo de quedar atrapada en un ciclo de dependencia tecnológica y estancamiento económico difícil de revertir.

La urgencia se agrava por el giro global hacia el proteccionismo estratégico. Estados Unidos ha multiplicado su capacidad de atracción de inversiones con el Inflation Reduction Act y China redobla su apuesta por la autosuficiencia tecnológica. En este entorno, Europa necesita un marco que no solo impulse su productividad interna, sino que también refuerce su posición en cadenas de valor altamente politizadas. Esto implica replantear la forma en que se seleccionan proyectos prioritarios, cómo se distribuyen recursos a nivel continental y qué grado de coordinación están dispuestos a asumir los Estados miembros para evitar duplicidades y dispersión de esfuerzos.

Ayudas de Estado y armonización fiscal: la disputa Norte–Sur

Uno de los debates centrales del Pacto gira en torno a las ayudas de Estado, un terreno donde se entrecruzan intereses económicos, tensiones políticas y diferencias estructurales entre las economías europeas. Alemania y Francia defienden mantener una flexibilidad amplia que les permita movilizar apoyo financiero a su industria frente a los incentivos estadounidenses. Sin embargo, esta tendencia amenaza con fragmentar el mercado interior y generar asimetrías para los Estados miembros con menor capacidad fiscal, que temen quedar relegados en una carrera de subsidios que no pueden financiar.

Países del Sur y del Este reclaman reequilibrar el terreno de juego mediante un instrumento común de financiación —un “PERTE europeo”— o al menos mediante directrices más estrictas que limiten el uso expansivo de ayudas nacionales. Esta tensión no es nueva, pero adquiere mayor relevancia al enmarcarse en el debate sobre el futuro de la competencia industrial.

La discusión se extiende al terreno de la armonización fiscal, especialmente en materia de imposición empresarial. La UE ha avanzado con el acuerdo global sobre el tipo mínimo del 15 %, pero persisten grandes diferencias entre Estados miembros. Algunos temen que la convergencia fiscal erosione sus ventajas competitivas; otros argumentan que la competencia interna desordena el mercado y reduce la capacidad europea para atraer proyectos de alto valor añadido. El Pacto no resolverá por completo estas diferencias, pero sí podría generar un marco para avanzar hacia mayor coherencia fiscal y menor fragmentación del mercado único.

Innovación, transferencia tecnológica y escalabilidad: el gran talón de Aquiles europeo

Más allá del financiamiento, el Pacto pone el foco en un problema crónico: la dificultad europea para transformar la investigación en innovación comercializable y para acompañar a sus empresas emergentes en fases de consolidación. Bruselas propone reforzar el Consejo Europeo de Innovación, ampliar los programas de compra pública innovadora y crear plataformas de transferencia tecnológica entre universidades, centros de investigación y sector productivo. También se plantea el desarrollo de infraestructuras paneuropeas de ensayo y validación para tecnologías emergentes.

El problema no es la falta de talento científico —Europa mantiene un liderazgo robusto en publicaciones y patentes—, sino la ausencia de un ecosistema empresarial capaz de transformar ese conocimiento en productos competitivos a escala global. El acceso limitado a capital riesgo, la elevada fragmentación normativa y la dificultad para expandirse rápidamente en 27 mercados nacionales constituyen barreras estructurales. Empresas europeas prometedoras en sectores como la biotecnología, la fotónica o la robótica se ven obligadas a trasladar su actividad a EE. UU. o Asia para encontrar financiación adecuada o un entorno regulatorio más ágil.

Revertir esta dinámica será una de las pruebas más exigentes del Pacto: sin un salto cualitativo en innovación aplicada, el resto de instrumentos —por ambiciosos que sean— podrían resultar insuficientes.

Regulación, costes administrativos y el debate sobre la “sobrerregulación”

Numerosos Estados miembros y organizaciones empresariales han situado en el centro del Pacto la necesidad de simplificar el marco normativo europeo. La percepción de “sobrerregulación” —o al menos de un exceso de complejidad administrativa— se ha convertido en un argumento recurrente para explicar la pérdida de dinamismo económico. La Comisión ha anunciado un paquete de simplificación que incluirá análisis sistemático de carga regulatoria, eliminación de requisitos redundantes y adaptación de normativas sectoriales a los ciclos tecnológicos.

El debate es delicado: la UE se ha convertido en un exportador global de normas —desde el GDPR hasta la regulación química, alimentaria o ambiental—, un activo que contribuye a la proyección internacional de su modelo económico y democrático. Reducir cargas administrativas sin desproteger estos estándares requiere una cirugía de precisión regulatoria. No se trata de desregular, sino de reforzar la capacidad de cumplimiento y asegurar que las normas impulsan, y no sofocan, la innovación.

Además, los Estados miembros reclaman mayor coherencia entre normativas nacionales y europeas. En ocasiones, la duplicación regulatoria deriva no de Bruselas, sino de su transposición. El Pacto podría convertirse en una oportunidad para revisar cómo se implementan las directivas y para fomentar un enfoque más pragmático y orientado a resultados.

Una arquitectura económica para el próximo ciclo institucional

El Pacto de Competitividad también se proyecta sobre la gobernanza económica. Su implementación deberá coordinarse con el Semestre Europeo, las nuevas reglas fiscales y el futuro marco de financiación estratégica. La Comisión aspira a vincular reformas e inversiones a objetivos industriales concretos, reforzando la dimensión productiva del proceso de coordinación económica. A ello se añaden los debates sobre la Unión de los Mercados de Capitales, cuyo estancamiento reduce la capacidad europea para atraer inversión a gran escala y financiar proyectos transformadores.

En última instancia, el éxito del Pacto dependerá de la capacidad de los Estados miembros para alinear prioridades nacionales, evitar duplicidades y asumir que la competitividad europea solo podrá sostenerse mediante un esfuerzo colectivo y estable en el tiempo. La ambición es elevada; su viabilidad política, todavía incierta. Pero el consenso sobre la necesidad de actuar con rapidez es mayor que en ciclos anteriores, lo que podría abrir una ventana de oportunidad para reformas que hasta hace poco parecían fuera de alcance.

CLAVES DEL TEMA

Contexto

Implicaciones

Perspectivas

Copyright todos los derechos reservados grupo Prensamedia.

Salir de la versión móvil