Cuestionar el brutal peso económico y militar de nuestro vecino galo es poco útil. Pocos casos parecidos existen de un país que proyecte tanto peso político y militar en Europa, como Francia. Tiene un arsenal nuclear (propio), autonomía estratégica, una industria de defensa enorme y completa, e incluso una narrativa sólida para el liderazgo de todo el continente…
Pero en la realidad, su participación en proyectos de defensa común europeos está llena de roces, bloqueos y finales no felices, por lo que ya algunos países empiezan a preguntarse si, en realidad, tiene interés en liderar en una Europa unida.
Muchos proyectos, pocos resultados: el laberinto de siglas
La defensa europea, que lo hereda de la Alianza Atlántica, está llena de acrónimos: FCAS, MGCS, MAWS, CIFS… pero al final muy pocos se traducen en sistemas reales y palpables. Y es que son quizás demasiados, cuando Francia está implicada en estos proyectos, los que se acaban enredando.
Los ejemplos son varios: FCAS, el futuro caza europeo, sigue paralizado por la pugna entre Dassault Francia y Airbus Alemania/España. MGCS, el carro de combate del futuro, apenas avanza. España solicitó su entrada en 2024; aún no ha recibido respuesta oficial. MAWS, para la vigilancia marítima, se paralizó por desacuerdos irreconciliables… Los mismos problemas en cada proyecto: lucha por el liderazgo industrial, retención de tecnologías críticas y falta de transparencia en cómo se gobernará.
Francia no coopera: construye, lidera y controla
Evidentemente todo tiene una explicación y lo que ocurre a nivel industrial con nuestros vecinos del norte no es “solo” cuestión de identidad cultural propia (también llamada chovinismo).
Hay una razón estructural detrás de estos conflictos: Francia no necesita cooperar. Su industria puede cubrir prácticamente toda la cadena de capacidades militares sin depender de socios. Tiene misiles, fragatas, cazas, satélites, sensores, blindados… incluso submarinos nucleares. Esa autonomía, construida con décadas de inversión estatal, es su mayor activo y su mayor limitación a la vez.
Desde el punto de vista francés, cualquier proyecto compartido implica un riesgo de perder soberanía tecnológica. Por eso, cuando entra en una cooperación, lo hace para liderarla o moldearla según sus intereses. Es difícil encontrar un programa en el que París haya aceptado un reparto simétrico si no tiene garantizado el control de los elementos estratégicos.
Esto es del todo incompatible con países como Alemania o España, que ven la cooperación como una construcción conjunta, no como una integración en plano jerárquico.
España: compromiso político, frustración industrial
España ha demostrado (y sigue demostrando) su disposición a comprometerse en los grandes programas de defensa europeos. Se implicó económicamente en FCAS a la misma altura que Francia y Alemania, aunque su volumen de compras del caza iba a ser mucho menor.
Aceptó que Indra, y no Airbus España, fuese su representante en el consorcio peleando con el resto para defender una participación nacional real. El resultado ha sido frustrante. La crítica pública de Indra y del Ministerio de Defensa, poco común en un ámbito tan políticamente complejo, ha sido directa: París no está cumpliendo las reglas de equidad industrial.
Dassault, que es el gran líder en el proyecto, retiene tecnologías clave y limita la participación real de socios periféricos como Indra, tratando de controlar completamente el desarrollo del caza.
La situación se repite, y se agrava en MGCS. España solicitó formalmente su entrada en agosto de 2024 en el programa de carro de combate pesado. Alemania no ha contestado. Francia tampoco. El consorcio avanza con KNDS Francia, KNDS Alemania, Rheinmetall y Thales… y España, que tiene experiencia industrial en vehículos blindados y claras necesidades operativas, no ha sido invitada a la mesa.
¿Qué puede hacer España?
España no puede cortar lazos de manera radical con Francia, pero tampoco hay que seguir aceptando una eterna posición en segundo plano. Tenemos capacidades industriales serias e importantes (Navantia, Indra, Escribano, Sener, Tecnobit, TRC…) y un compromiso político creciente con la inversión en defensa.
Si Francia (o cualquier otro país) se comporta como un socio hegemónico y no igualitario, España debe buscar otras alianzas. Por ejemplo, Italia y Alemania están abriendo espacios de cooperación más equilibrado. El acuerdo entre Fincantieri y TKMS para submarinos es un primer ejemplo.
Además, Bruselas “empuja” e impulsa activamente la integración a través EDIP, que junto al Fondo Europeo de Defensa ofrece nuevas oportunidades para la cooperación sin pasar necesariamente por Francia.
Francia, ¿socio necesario o freno europeo?
Sí, Francia es indispensable para la defensa europea. Pero París también es un obstáculo. Su modelo de cooperación, centrado en mantener el control y evitar compartir tecnologías críticas, hace imposible que los socios se integren de forma real. España, que además ha demostrado cierto compromiso político y financiero, aporta sus capacidades a los principales programas.
Ha llegado el momento de que España redefina su estrategia al respecto. O exige con más fuerza cooperación simétrica con París, o bien se erige como actor clave en una nueva alianza horizontal, transparente y abierta. Porque si la cooperación europea es el futuro, no lo es sin la capacidad de compartir.






