La reciente sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos que cuestiona la legalidad de los aranceles impuestos por la Administración Trump reabre un frente que parecía amortiguado tras el acuerdo político alcanzado con la Unión Europea el pasado verano. La decisión judicial introduce un elemento de incertidumbre en la política comercial estadounidense y obliga a Bruselas a recalibrar su estrategia sin romper el delicado equilibrio alcanzado. Europa, que optó entonces por la contención y el diálogo, se enfrenta ahora a un escenario en el que el proteccionismo norteamericano puede deshacerse en los tribunales mientras sigue generando efectos económicos reales. El fallo no es solo jurídico: es geopolítico. Y plantea una pregunta de fondo: ¿cómo debe reaccionar la UE ante una política comercial estadounidense sujeta a bandazos internos?
NECESARIA PRUDENCIA. La sentencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos supone un revés para la arquitectura arancelaria diseñada durante la presidencia de Donald Trump, basada en la invocación expansiva de razones de seguridad nacional para imponer gravámenes a importaciones estratégicas. Aunque el núcleo de aquella política se sustentó en decisiones ejecutivas, el alto tribunal ha puesto límites al margen discrecional del Ejecutivo, recordando que incluso en materia comercial la separación de poderes opera como contrapeso. La consecuencia inmediata no es la desaparición automática de los aranceles, sino la apertura de un periodo de revisión y posible litigio que añade volatilidad a las relaciones económicas transatlánticas. Para la Unión Europea, que fue uno de los principales objetivos de aquellas medidas —acero, aluminio, productos agroalimentarios—, el fallo confirma algo que ya intuía: la política comercial estadounidense puede estar sujeta a oscilaciones no solo electorales, sino también judiciales. Europa observa con prudencia. Sabe que un exceso de entusiasmo sería prematuro y que la seguridad jurídica al otro lado del Atlántico no depende únicamente de una sentencia.
MANTENER EL ACUERDO DE ESCOCIA. El acuerdo alcanzado el pasado verano entre Bruselas y Washington, que permitió suspender represalias y abrir un marco de cooperación en sectores sensibles, fue fruto de una lógica pragmática. La Comisión Europea entendió que prolongar la escalada arancelaria dañaba tanto a exportadores europeos como a consumidores estadounidenses. Optó por congelar la confrontación y explorar fórmulas de coordinación industrial y tecnológica, en un contexto marcado por la competencia global con China y por la necesidad de reforzar cadenas de suministro críticas. La reciente decisión del Supremo no invalida ese enfoque; al contrario, lo refuerza en términos estratégicos. Si la política arancelaria estadounidense puede ser corregida por sus propios tribunales, mantener el acuerdo permite a la UE presentarse como actor estable, previsible y comprometido con el sistema multilateral. La alternativa —reabrir de inmediato el contencioso— generaría más incertidumbre en un momento en que la economía europea atraviesa una fase de crecimiento frágil y transición energética costosa. Bruselas ha optado, con buen criterio, por no dejarse arrastrar por el péndulo político estadounidense.
FIABILIDAD TRASATLÁNTICA. En realidad, lo que está en juego va más allá de unos aranceles concretos. La cuestión de fondo es la fiabilidad estructural del socio transatlántico en materia comercial. Desde hace años, la UE ha interiorizado que debe diversificar riesgos, fortalecer su autonomía estratégica y dotarse de instrumentos de defensa comercial más ágiles. La experiencia de los aranceles “de quita y pon” ha servido como recordatorio de que la interdependencia no excluye la vulnerabilidad. Sin embargo, también ha demostrado que el diálogo institucional puede producir resultados cuando existe voluntad política. La sentencia del Supremo introduce una capa adicional de complejidad, pero no altera la lógica esencial: Europa necesita a Estados Unidos como aliado económico y estratégico, y Estados Unidos necesita a Europa como socio fiable en un entorno internacional cada vez más fragmentado. Mantener el acuerdo del verano no es un gesto de debilidad, sino una apuesta por la estabilidad en medio de la volatilidad. En un mundo de pulsos unilaterales y respuestas emocionales, la firmeza serena puede ser la forma más eficaz de ejercer poder.
