Europa ha entrado en una fase decisiva de su maduración estratégica. El debate sobre si puede —o debe— aspirar a defenderse con mayor autonomía ya no es teórico ni retórico: es una cuestión de credibilidad, capacidad industrial y posición en el sistema internacional. Las recientes fricciones entre aliados no hacen sino acelerar una discusión que Bruselas llevaba demasiado tiempo posponiendo.
Por Asela Pintado
Las declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, afirmando que Europa no está en condiciones de defenderse sin Estados Unidos y que pensar lo contrario es “seguir soñando”, han generado una reacción significativa en varias capitales europeas. No tanto por lo que dicen —una constatación objetiva del estado actual de capacidades del que lleva tiempo hablándose— como por el marco conceptual que sugieren: el de una dependencia estructural asumida como permanente.
La réplica de Francia y España apunta en otra dirección. No cuestiona la centralidad de la Alianza Atlántica ni la realidad operativa del vínculo transatlántico, pero sí rechaza la idea de que la aspiración europea a una mayor capacidad autónoma sea ilusoria o irresponsable. Desde una perspectiva geoestratégica, el mensaje es claro: la dependencia puede ser un punto de partida, pero no una estrategia.
Europa se enfrenta a un entorno de seguridad radicalmente distinto al de las últimas décadas. La guerra de agresión rusa contra Ucrania ha reintroducido el conflicto convencional de alta intensidad en suelo europeo; las amenazas híbridas erosionan las fronteras entre guerra y paz; y el orden internacional basado en reglas muestra signos evidentes de fragmentación. En este contexto, la seguridad ya no puede externalizarse sin costes políticos y estratégicos crecientes.
Como ha señalado Nicolás Pascual de la Parte, ex embajador OTAN y hoy eurodiputado y coordinador del Partido Popular Europeo en materia de seguridad y defensa, Europa no dispone todavía de las capacidades necesarias para garantizar por sí sola su defensa. Precisamente por eso, sostiene, resulta imprescindible reforzar el pilar europeo dentro de la OTAN, no como alternativa, sino como complemento estructural que equilibre la relación transatlántica.
Este enfoque rompe con una dicotomía estéril que ha dominado el debate durante años: OTAN o autonomía estratégica. Desde el punto de vista militar e industrial, la cuestión relevante es otra: cómo reducir vulnerabilidades críticas, cómo asegurar cadenas de suministro, cómo escalar producción y cómo mejorar la interoperabilidad entre fuerzas europeas. Sin estos elementos, cualquier ambición estratégica carece de base material.
La discusión sobre una “preferencia europea” en la adquisición de equipamiento militar debe leerse en este marco. No se trata de cerrar mercados ni de imponer dogmas industriales, sino de garantizar que Europa dispone de una base tecnológica e industrial de defensa capaz de sostener operaciones prolongadas y responder a crisis simultáneas. La fragmentación actual —decenas de sistemas distintos, compras nacionales descoordinadas, economías de escala desaprovechadas— es un lastre estratégico, no una expresión de soberanía.
Al mismo tiempo, el realismo estratégico exige reconocer los límites actuales. Mientras Europa no pueda proporcionar determinados sistemas clave, es lógico que Ucrania recurra a Estados Unidos para su defensa. La cuestión no es moral ni ideológica, sino temporal: cuánto tiempo más puede Europa permitirse esta dependencia sin comprometer su propia posición como actor geopolítico relevante.
La noción emergente de resiliencia integrada amplía aún más el campo de análisis. La seguridad europea ya no se juega solo en el campo de batalla, sino también en el ciberespacio, en las infraestructuras críticas, en el control del relato informativo y en la protección de los procesos democráticos. Desde esta perspectiva, la defensa deja de ser un compartimento estanco y se convierte en una política transversal de poder.
La estrategia europea de seguridad que prepara la Comisión será, por tanto, un test de madurez. No por sus formulaciones conceptuales, sino por su capacidad de traducirse en decisiones operativas: compras conjuntas, planificación a largo plazo, incentivos industriales y una gobernanza que supere los reflejos puramente nacionales. Sin estos elementos, Europa seguirá siendo un consumidor de seguridad más que un proveedor.
Las reticencias francesas a un mercado único de la defensa y las asimetrías de capacidad entre Estados miembros reflejan tensiones reales, pero también una transición inacabada. En términos geoestratégicos, el mayor riesgo no es avanzar demasiado rápido, sino quedarse atrapados en un punto intermedio: demasiado dependientes para ser autónomos, demasiado fragmentados para ser eficaces.
Europa no está soñando con defenderse sola. Está recalibrando su lugar en un sistema internacional cada vez más competitivo, donde la seguridad vuelve a ser un factor central de poder. Y esa recalibración, inevitablemente, obliga a redefinir su relación con Estados Unidos, no desde la ruptura, sino desde una mayor simetría estratégica.
La cuestión de la defensa europea ya no puede abordarse como un debate identitario ni como una pugna semántica entre soberanía y alianza. Es, ante todo, un problema de coherencia estratégica. La Unión Europea ha construido instrumentos económicos, regulatorios y diplomáticos de primer orden, pero sigue operando en materia de seguridad con inercias de otro tiempo. Mientras no alinee capacidades, industria y voluntad política, seguirá dependiendo de decisiones ajenas para proteger intereses propios.
Avanzar hacia una mayor capacidad europea no exige gestos grandilocuentes, sino continuidad, disciplina y coordinación. La credibilidad estratégica se construye con planificación a largo plazo, inversión sostenida y gobernanza eficaz. Europa no necesita proclamarse potencia militar; necesita comportarse como un actor responsable de su propia seguridad.
