Durante años, el Consejo Europeo se acostumbró a vivir pendiente de una silla. La de Viktor Orbán. Cada cumbre sobre Ucrania terminaba convertida en una negociación paralela con Budapest, en una búsqueda de fórmulas jurídicas o políticas para evitar un veto húngaro que bloquease nuevas sanciones, ayudas financieras o declaraciones políticas.
Esta vez la escena fue distinta. Por primera vez en mucho tiempo, los líderes europeos pudieron abordar el dossier ucraniano sin la amenaza permanente de una ruptura interna. El resultado fue una unanimidad poco habitual y una declaración respaldada por todos los presentes. Sin embargo, detrás de esa aparente cohesión emergió una cuestión mucho más delicada: qué hacer cuando la guerra ya no parece tener un final próximo.
Porque el verdadero debate que recorrió los despachos y salas de reuniones de Bruselas no fue tanto Ucrania como Rusia.
Varios dirigentes reconocen ya en privado que la Unión Europea debe empezar a pensar en el día después. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, deslizó durante las conversaciones la necesidad de comenzar a explorar escenarios de contacto político con Moscú. No se trata aún de una iniciativa formal ni de una propuesta concreta de negociación, pero sí de un cambio de tono significativo respecto a los años anteriores.
La mera posibilidad de abrir un debate sobre futuros contactos con Rusia bastó para reactivar viejas divisiones dentro de la Unión. Países del Este y del Báltico siguen considerando prematuro cualquier planteamiento de diálogo mientras continúe la agresión rusa. Otros gobiernos, especialmente en Europa occidental, empiezan a admitir que ninguna arquitectura de seguridad continental podrá construirse indefinidamente ignorando a Moscú.
El cansancio es una palabra que nadie utiliza públicamente pero que aparece cada vez con más frecuencia en las conversaciones informales. Más de cuatro años de guerra han modificado las prioridades políticas de muchos gobiernos, enfrentados ahora a problemas presupuestarios, tensiones sociales y crecientes demandas internas. La solidaridad con Ucrania continúa siendo mayoritaria, pero el debate sobre cómo gestionar una guerra larga ya ha comenzado.
En este contexto, una de las figuras que parece perder influencia es la alta representante para la Política Exterior, Kaja Kallas. Su posición de oposición frontal a cualquier contacto político con Vladimir Putin sigue siendo compartida por varios Estados miembros, pero cada vez encuentra más resistencia entre quienes consideran inevitable discutir algún tipo de canal de comunicación futura con Rusia.
Nadie cuestiona públicamente su liderazgo, pero en Bruselas cada vez son más los diplomáticos que perciben una cierta distancia entre la línea defendida por Kallas y el estado real del debate entre los gobiernos nacionales.
Si el asunto ruso generó tensiones discretas, el expediente chino provocó directamente una pequeña bronca institucional.
Durante los habituales corrillos con periodistas, fuentes del Consejo trasladaron la idea de que la Unión Europea estaba preparada para endurecer significativamente su posición negociadora frente a Pekín en materias comerciales, tecnológicas e industriales. El mensaje encajaba con la creciente preocupación europea por las subvenciones chinas, la competencia industrial y la dependencia tecnológica.
Sin embargo, conforme avanzaron las negociaciones de las conclusiones finales comenzó a quedar claro que el consenso no existía.
Varios Estados miembros rechazaron elevar el tono frente a China. Entre ellos destacó España, que volvió a defender una estrategia basada en el diálogo, la cooperación económica y una gestión pragmática de las diferencias. Otros gobiernos compartieron una posición similar, conscientes de la importancia del mercado chino para numerosos sectores industriales europeos.
El resultado fue llamativo: mientras en los pasillos se hablaba de firmeza y endurecimiento, en el documento final desapareció cualquier referencia relevante a China.
La escena recordó a lo ocurrido con Rusia. Igual que la idea de abrir una reflexión sobre futuros contactos con Moscú no logró entrar en las conclusiones, tampoco prosperó el intento de reflejar una posición más dura hacia Pekín.
Las conclusiones finales terminaron siendo mucho más prudentes que las conversaciones mantenidas durante la cumbre.
Pero si hubo un asunto capaz de eclipsar todos los demás fue el futuro Marco Financiero Plurianual para el periodo 2028-2034.
Lejos de los focos, numerosos líderes reconocen que la verdadera batalla política europea de los próximos años será presupuestaria. La cuestión ya no es únicamente cuánto dinero tendrá la Unión Europea, sino quién lo recibirá y para qué.
Dos bloques comienzan a perfilarse con creciente nitidez.
Por un lado aparecen los llamados países austeros o contribuyentes netos, decididos a contener el crecimiento del presupuesto europeo y a vincular cualquier incremento de gasto a nuevas prioridades como defensa, competitividad, innovación tecnológica o seguridad.
Frente a ellos se sitúan los defensores de la cohesión, entre los que figuran España y buena parte de los países del sur y del este. Estos gobiernos consideran que la política de cohesión, la PAC y otros instrumentos tradicionales siguen siendo esenciales para mantener el equilibrio económico y territorial de la Unión.
Las discusiones fueron especialmente intensas porque todos son conscientes de que el próximo presupuesto deberá financiar simultáneamente nuevas prioridades estratégicas —rearme, industria, transición energética o autonomía tecnológica— sin sacrificar los programas históricos que han sostenido durante décadas la construcción europea.
Algunos diplomáticos describían estos debates como el verdadero comienzo de la negociación presupuestaria, aunque formalmente esta apenas acaba de arrancar.
La conclusión que deja esta cumbre es paradójica. La Unión Europea exhibe hoy más unidad formal sobre Ucrania que en cualquier otro momento reciente. Sin Orbán bloqueando acuerdos, las conclusiones se aprueban con mayor facilidad y la imagen exterior es más sólida.
Pero esa misma unidad empieza a ocultar nuevas líneas de fractura. Rusia divide sobre el futuro de la guerra. China divide sobre la estrategia económica global. Y el presupuesto divide sobre el propio modelo de integración europea.
La guerra de Ucrania ya no es el único problema que ocupa a Bruselas. Empieza a convertirse, también, en el escenario donde afloran las grandes preguntas sobre el futuro político, económico y estratégico de la Unión. Y esas preguntas son mucho más difíciles de responder que una simple declaración de apoyo a Kiev.
