El líder húngaro, Viktor Orbán, se la juega la semana que viene en Bruselas en el Consejo Europeo extraordinario convocado el próximo 1 de febrero. La decisión clave que ha provocado esta cita es aprobar la ayuda de 50.000 millones de euros de la UE a Ucrania, para que pueda subsistir en su defensa de la agresión bélica rusa.
El primer ministro húngaro, Viktor Orbán lleva siendo el "enfant terrible" de la Unión Europea y el mandatario que más dolores de muelas provoca en las instituciones europeas de Bruselas, más de una década. Sancionado por la Comisión por incumplimiento de derechos fundamentales del Tratado de la Unión, con sentencias del Tribunal de Justicia de la UE en contra, tiene los fondos de cohesión congelados, porque pese a todas las advertencias, no cede en sus posiciones homófobas y xenófobas. Ante todos sus deplantes los mandatarios de los 27, han sido pacientes y la propia Comisión ha tenido que sufrir las críticas severas de la mayoría de los eurodiputados que solicitan, una y otra vez, más dureza con el político magiar.
Sin embargo, la guerra en Ucrania ha supuesto una línea roja para las indisciplinas comunitarias de Orbán, pues, en toda la crisis provocada por la invasión rusa de Ucrania, el premier húngaro se ha convertido en la "zorra en el gallinero", es decir, el gran aliado de Putin dentro de la UE. Y ahora ha llegado el momento definitivo, ya que el próximo 1 de febrero tendrá lugar el Consejo Europeo extraordinario en el que los líderes europeos deben decidir si financian a Ucrania con 50.000 millones de euros más para defenderse de Rusia, una medida bloqueada en el Consejo de diciembre por el propio Orbán.
Es pública y notoria la soledad de Orbán en los Consejos europeos. Apenas habla con nadie y nadie quiere hablar con él, pues, fuera de los mocrófonos sus homólogos, en los corrillos, le acusan de insolidario con el resto de socios. Fuentes del Consejo y de la Comisión señalan que si hiciera falta se puede optar por censurarle el voto a Orbán en tan decisiva votación, que en teoría requiere de la unanimidad de los Estados miembros. Si eso ocurriera desconocemos la reacción del político húngaro, pero tenemos el antecedente de diciembre cuando se ausentó de la votación para aprobar el inicio de negociaciones para la adhesión de Ucrania a la UE.
Esta misma semana, Orbán ha tenido que dar su brazo a torcer en una decisión también de enorme trascendencia en la geoestrategia mundial. Tras el sí de Turquía a la entrada de Suecia en la OTAN, quedaba por ver si Hungría la aceptaba también. Le faltó tiempo al magiar para ratificar su voluntad de dar el sí, al conocer que los turcos cedían a las intenciones de los suecos. Es evidente, que las presiones de Washington preocupan mucho más en Budapest, que las que ejerce Bruselas.
En todo caso, la sesión en el Ágora del Consejo Europeo del próximo jueves, reúne todos los condimentos de un drama shakespiriano y Orbán lo debe estar viviendo como si de Hamlet se tratara. Esperemos que, por el bien de todos, no tenga que repetir como ya ha hecho en alguna ocasión su famosa frase de "han violado a Hungría".






