Al gallo contestatario le duró poco el show. Viktor Orbán, el primer ministro húngaro, había desbordado el vaso de la paciencia del resto de jefes de gobierno de la UE, cuando en el Consejo Europeo de diciembre vetó y bloqueó la ayuda perdurable de la Unión de 50.000 millones de euros más a Ucrania en su guerra contra Putin.
Al gallo contestatario le duró poco el show. Viktor Orbán, el primer ministro húngaro, había desbordado el vaso de la paciencia del resto de jefes de gobierno de la UE, cuando en el Consejo Europeo de diciembre vetó y bloqueó la ayuda perdurable de la Unión de 50.000 millones de euros más a Ucrania en su guerra contra Putin. Tras esa cita los grandes dijeron basta y prepararon las amenazas veladas contra Orbán, que a lo largo del mes de enero han sido debidamente filtrados en los medios de comunicación. La última, en las vísperas del Consejo Europeo extraordinario del 1 de febrero, en forma de botón nuclear al asegurar fuentes comunitarias que se podría llegar, si fuera preciso, a prohibir vota a Hungría. Algo así como sacarle de la mesa de las decisiones por desleal.
Así las cosas, la noche del 31 se desarrolló el primer acto de la tragedia orbaniana. El canciller Scholtz, el primer ministro holandés Rutte y el presidente del Consejo, el belga Michel, invitaban a cenar; al líder magiar para ir preparando el plato de su derrota. Orbán tuvo que contentarse con el postre, que no fue otro, que hacerse una foto rodeado de los tractores de la airada protesta de los agricultores europeos que se produciría al día siguiente, y subir un tuit a sus redes sociales culpando a Bruselas y sus élites políticas, del abandono al campo europeo.
El 1 amaneció con el ruido de las bocinas de la tractorada y a Orbán le sirvieron un desayuno tan frugal como amargo. Rodeado de nuevo por Scholtz y Michel, y esta vez, junto a Macron, Meloni y Von der Leyen, se encargaron de hacer ver al premier húngaro los riesgos de empecinarse en su no.
De segundo plato, un breve encuentro con Sánchez y el polaco Tusk, para que quedara claro por estricto orden jerárquico de importancia de Estados, que no había fisuras en doblarle el brazo. Y, en un último intento por no hacer el ridículo, Orbán montó una reunión con los líderes de los Estados bálticos y sus cofronterizos del Este. Vano esfuerzo: solo recaudó rechazo a su posición.
Entonces, vencido y desarmado el malo de la película europea, no le quedó más remedio que claudicar y, como los niños de San Ildefonso cuando cantan el gordo de la lotería al inicio del sorteo de Navidad, Michel anunciaba a bombo y platillo el acuerdo y con ello, el fin del show Orbán.
Moraleja: el club es mucho club; fuera hace mucho frío y los grandes no se la juegan cuando estamos hablando de cuestiones a vida o muerte de la UE.






