El presidente Macron pega un giro de 180 grados y mira hacia la extrema derecha nombrando a un conservador como primer ministro
Funambulista, dícese del acróbata que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o el alambre. Este encomiable número circense requiere de notables dotes de autocontrol, destreza en los movimientos, siempre debidamente acompasados y del silencio en la pista y entre el público. A este desempeño se apresta Michel Barnier, el europeísta que como comisario de la Unión Europea se enfrentó al difícil reto de negociar el divorcio con los socios británicos tras el Brexit. Ahora, su país le llama a una misión aun más compleja: presidir un gobierno en medio de una tremenda fragmentación de la Asamblea Nacional francesa, la cámara legislativa, con una Francia polarizada y un presidente de la República, Emmanuel Macron, en sus horas más bajas y tratando de salvar sus muebles del Elíseo como sea.
A sus 73 años, es el primer ministro de mayor edad de la V República en el momento de su nombramiento. Michel Barnier nació en 1951 en Saboya, en una familia de artesanos del cuero y católicos de izquierda. A los 14 años se unió al movimiento gaullista, comenzando su carrera política. Tras graduarse en la École de Commerce Supérieur de París, trabajó como asesor ministerial y fue elegido en 1978 como el diputado más joven de la Asamblea Nacional.
Después de 15 años de servicio, Barnier participó en la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1992 y luego asumió cargos ministeriales. Fue ministro de Medio Ambiente y Asuntos Europeos, lo que le dio notoriedad en la esfera europea, especialmente durante la creación del euro y el Tratado de Maastricht. En 1999, fue nombrado comisario de Política Regional de la UE. A lo largo de su carrera, Barnier ocupó varios puestos importantes en Francia y la UE. Fue comisario de Mercado Interior y lideró las negociaciones del Brexit por parte de la UE, consolidando su reputación. En 2021, se postuló para la presidencia de Francia, pero no logró el apoyo necesario dentro de su partido, Los Republicanos.
Con su nombramiento Macron ha dado un giro de 180 grados y frente a la mayoría de izquierdas que podía conformar junto a su partido con un candidato socialista a presidir el gobierno, ahora en una ciaboga de alto riesgo, mira hacia la ultraderecha para tratar de formar un Ejecutivo en torno a un veterano político, conocido por sus habilidades negociadoras. Sin embargo, este movimiento de cabriola del inquilino del Elíseo es incoherente con el planteamiento con que acudió a unas elecciones legislativas convocadas de forma anticipada por él, tras su debacle en los comicios europeos. Si el lema entonces fue todos contra Le Pen, ahora prácticamente entrega la llave del gobierno a la extrema derecha, pues, con Barnier difícilmente negociará nada la extrema izquierda de Mélenchon, el ganador de las elecciones. Los socialistas tienen una dura papeleta, pues, mucho menos reacios a hablar con Barnier, están en plena recuperación de votos y cualquier colaboración con la derecha puede volverles a hundir. Eso sí, en los despachos de Bruselas aplauden con las orejas, pues, Barnier tiene prestigio y conoce perfectamente las entretelas del mundo comunitario.






