Análisis | La regulación europea contra la deforestación: sostenibilidad y conflicto comercial

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Introducción

La entrada en vigor del Reglamento Europeo contra la Deforestación (EUDR), prevista para finales de 2025, marca un nuevo hito en la ambición climática de la Unión Europea. La norma prohíbe la importación y comercialización en el mercado comunitario de productos vinculados a la destrucción de bosques o ecosistemas degradados. En la práctica, supondrá un cambio profundo en las cadenas globales de suministro y en las relaciones comerciales de Europa con el resto del mundo.

El reglamento afecta a siete materias primas —soja, aceite de palma, cacao, café, carne de vacuno, caucho y madera— y a sus derivados, como cuero, papel o chocolate. Su objetivo es reducir el impacto ambiental del consumo europeo y cumplir los compromisos del Pacto Verde y de la estrategia climática 2030. Sin embargo, su alcance global y sus exigencias técnicas han provocado un choque diplomático con los países exportadores y encendido las alarmas en los sectores empresariales europeos.

Más allá de su noble propósito ambiental, el EUDR abre una batalla sobre la capacidad de la UE para ejercer liderazgo normativo sin convertirse en un actor percibido como proteccionista o paternalista.

  1. Una norma pionera y ambiciosa

La UE es el primer bloque económico que vincula directamente comercio y deforestación. El EUDR exige que las empresas que introduzcan productos en el mercado europeo garanticen la trazabilidad geográfica de su origen y certifiquen que no proceden de tierras deforestadas tras diciembre de 2020.

Para ello, los operadores deberán recopilar coordenadas exactas de las fincas, realizar evaluaciones de riesgo, conservar documentación durante al menos cinco años y presentar declaraciones de diligencia debida a las autoridades nacionales. El incumplimiento podrá conllevar sanciones, confiscaciones o exclusión temporal del mercado.

La medida responde a un dato inquietante: según la FAO, cerca del 16 % de la deforestación global está vinculada al consumo europeo. Bruselas sostiene que, sin una acción contundente, los objetivos climáticos de la UE quedarían comprometidos.

  1. Reacciones y resistencias globales

El impacto geoeconómico ha sido inmediato. Brasil, Indonesia, Malasia, Ghana y Costa de Marfil —principales exportadores de los productos afectados— acusan a la UE de imponer “proteccionismo verde”. Argumentan que la normativa penaliza a los pequeños productores, que carecen de medios técnicos para cumplir con los requisitos de geolocalización y auditoría.

En América Latina, los ministros de Agricultura del Mercosur han advertido que el EUDR podría afectar al acuerdo comercial UE-Mercosur, todavía pendiente de ratificación. En Asia, Malasia e Indonesia amenazan con elevar el caso ante la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Las ONG ambientalistas, en cambio, celebran la norma como un “cambio de paradigma”, pero advierten de que su éxito dependerá de la aplicación: sin controles efectivos y cooperación internacional, el EUDR corre el riesgo de quedarse en un gesto simbólico.

Para mitigar tensiones, Bruselas ha lanzado un programa de cooperación de 1.000 millones de euros para ayudar a países productores a adaptar sus sistemas de trazabilidad y gobernanza forestal. Sin embargo, los socios del Sur reclaman algo más: participación real en la definición de estándares.

  1. Impacto económico y desafíos operativos

En el plano empresarial, el EUDR supone un cambio estructural en las cadenas de suministro. Las grandes multinacionales agroalimentarias ya trabajan en sistemas digitales de rastreo y certificación por satélite, pero miles de pymes importadoras se enfrentan a costes adicionales y a incertidumbre jurídica.

El reglamento también obliga a los Estados miembros a crear autoridades competentes con capacidad de control y sanción, lo que exigirá coordinación entre ministerios, aduanas y agencias medioambientales. En países con gran volumen de importaciones —como España, Países Bajos o Alemania— la carga administrativa será considerable.

España, gran importadora de soja y cacao, y con fuertes vínculos agroindustriales con América Latina, deberá reforzar la trazabilidad de sus cadenas alimentarias y forestales. Las organizaciones empresariales alertan de que las pymes podrían quedar en desventaja frente a grandes operadores con sistemas de control más sofisticados.

A largo plazo, el EUDR podría provocar reconfiguraciones de mercado: algunos proveedores podrían abandonar Europa, mientras que otros adaptarán sus modelos de producción para mantener el acceso a un mercado de 450 millones de consumidores.

  1. Política verde y diplomacia económica

La dimensión política del reglamento va más allá del medio ambiente. El EUDR simboliza la voluntad de Bruselas de proyectar poder normativo global —el llamado Brussels Effect—, exportando sus estándares ambientales a terceros países. Pero esa ambición choca con la realidad de un mundo multipolar.

Para América Latina y el sudeste asiático, el reglamento refuerza la imagen de una Europa reguladora pero distante, que fija reglas sin ofrecer alternativas comerciales. En ese sentido, la eficacia del EUDR dependerá de la capacidad de la UE para combinar exigencia con cooperación: no basta con prohibir, hay que invertir en transición justa y gobernanza forestal.

El debate se inscribe también en la política comercial interna: mientras la Comisión defiende la coherencia ecológica del reglamento, varios Estados miembros temen que el exceso de ambición complique las negociaciones con socios estratégicos o encarezca la cesta de la compra europea.

  1. El dilema europeo: liderazgo o aislamiento

El EUDR refuerza la coherencia del Pacto Verde y la credibilidad internacional de la UE en materia climática, pero también expone sus contradicciones. Europa quiere liderar la sostenibilidad global, pero depende de materias primas importadas y de alianzas comerciales con países que no comparten su modelo de desarrollo.

El riesgo es que la norma, si se aplica de manera rígida, reduzca el acceso de productos sostenibles de países vulnerables o genere desviaciones del comercio hacia mercados menos exigentes como China o India.
Por el contrario, si se acompaña de cooperación y transferencia tecnológica, el EUDR podría catalizar una nueva generación de acuerdos verdes internacionales.

España, por su posición geográfica y sus vínculos con América Latina y el Magreb, puede desempeñar un papel mediador: facilitar el diálogo entre Bruselas y los países productores, aportar experiencia técnica y promover una aplicación equilibrada que combine ambición ambiental y justicia comercial.

Conclusión

La regulación europea contra la deforestación es una pieza clave del nuevo orden verde. Representa la transición de una política ambiental doméstica a una diplomacia climática con impacto global.
Pero su éxito dependerá menos de su severidad que de su implementación inteligente: acompañar a los productores, armonizar criterios entre Estados miembros y evitar que la sostenibilidad se convierta en una barrera comercial.

Si Europa logra ese equilibrio, el EUDR no solo reducirá la huella ecológica del continente, sino que puede consolidar el liderazgo europeo en la gobernanza ambiental del siglo XXI.

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