Análisis | La Europa de las fronteras: el Pacto Migratorio afronta su primera gran prueba de estrés

Departamento de Análisis del grupo Prensamedia

Familia sentada en un ambiente acogedor, niños y adultos juntos.

Familia de refugiados sirios. / Foto: Pablo Tosco / Oxfam Intermón

La crisis de Ceuta ha llegado en el peor momento posible para la política migratoria de la Unión Europea y, al mismo tiempo, en el más revelador. Apenas iniciado el funcionamiento efectivo del nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, Europa se enfrenta a una situación que permite comprobar si la arquitectura diseñada durante años en Bruselas es capaz de responder a una presión repentina sobre una frontera exterior sin que sus consecuencias terminen trasladándose al interior de la Unión. Lo ocurrido en Ceuta, la reacción de Italia y la posterior escalada diplomática con España convierten una crisis inicialmente localizada en el norte de África en la primera gran prueba política del nuevo modelo migratorio europeo.

El problema ya no consiste únicamente en determinar cómo gestionar la llegada de miles de personas a territorio comunitario. La verdadera cuestión es comprobar si existe suficiente confianza entre los Estados miembros para compartir las consecuencias de una crisis migratoria. La decisión italiana de establecer controles sobre viajeros procedentes de España demuestra precisamente lo contrario: cuando aparece una situación de presión extraordinaria, algunos gobiernos siguen reaccionando desde una lógica esencialmente nacional. Europa ha construido un Pacto para compartir responsabilidades, pero Ceuta demuestra que todavía debe construir algo más difícil: la confianza necesaria para aplicarlo.

La primera prueba del nuevo modelo

El Pacto Europeo de Migración y Asilo nació precisamente de las fracturas provocadas por las sucesivas crisis migratorias sufridas por Europa durante la última década. La llegada de más de un millón de personas en 2015 evidenció las enormes diferencias existentes entre los Estados miembros y convirtió la inmigración en uno de los asuntos más divisivos de la política europea.

Durante años, la Unión fue incapaz de encontrar un equilibrio entre dos principios aparentemente contradictorios. Los países situados en las fronteras exteriores reclamaban solidaridad, mientras los Estados del centro y norte de Europa exigían mayor responsabilidad a los territorios de primera entrada. El resultado fue una negociación interminable que solamente pudo desbloquearse mediante un complejo compromiso.

El nuevo Pacto intenta precisamente superar esa contradicción. Los países de primera entrada mantienen importantes responsabilidades en la identificación, registro y tramitación inicial de los migrantes, mientras los demás Estados deben participar en mecanismos de solidaridad que pueden adoptar diferentes modalidades.

Sobre el papel, Europa dispone ahora de una arquitectura considerablemente más completa que durante la crisis de 2015.

Ceuta obliga a comprobar cómo funciona cuando abandona los reglamentos y entra en contacto con la realidad.

Una frontera española que también es europea

Existe además una dimensión fundamental que la crisis vuelve a colocar sobre la mesa. Ceuta no constituye exclusivamente una frontera española. Es también una de las fronteras exteriores de la Unión Europea y, por tanto, cualquier presión migratoria extraordinaria sobre ella afecta al conjunto del espacio comunitario.

Esta idea ha sido repetida durante años en Bruselas, pero continúa generando interpretaciones diferentes entre los gobiernos nacionales.

Para España, Grecia, Italia, Malta o Chipre, la dimensión europea de sus fronteras constituye el fundamento de sus demandas de solidaridad. La protección de esos territorios no puede considerarse exclusivamente una responsabilidad nacional porque de su eficacia depende también la ausencia de fronteras interiores.

Los países alejados geográficamente de las principales rutas migratorias han defendido tradicionalmente una interpretación diferente. Consideran que la solidaridad europea solamente puede funcionar si los Estados de primera entrada garantizan previamente un control eficaz de sus fronteras y evitan los movimientos secundarios hacia otros países.

Ceuta vuelve a enfrentar ambas perspectivas.

España reclama comprensión europea ante una crisis extraordinaria provocada en una frontera especialmente sensible. Otros gobiernos observan, sin embargo, las posibles consecuencias que esa entrada puede tener sobre el conjunto de Schengen.

El desafío del Pacto consiste precisamente en conseguir que ambas preocupaciones formen parte de una misma política.

Solidaridad frente a responsabilidad

La palabra decisiva vuelve a ser solidaridad. Pero pocas expresiones han generado tantas discrepancias dentro de la política migratoria europea.

Durante la crisis de 2015, los intentos de establecer mecanismos obligatorios de reubicación provocaron una profunda fractura política entre los Estados miembros. Los gobiernos de Europa central y oriental rechazaron especialmente cualquier sistema que pudiera interpretarse como una obligación automática de recibir migrantes.

El nuevo modelo intenta evitar aquel enfrentamiento mediante una solidaridad más flexible. Los Estados pueden contribuir a gestionar las situaciones de presión mediante reubicaciones, aportaciones financieras u otras formas de apoyo operativo.

La fórmula permitió alcanzar el acuerdo político, pero ahora debe demostrar su eficacia.

Una crisis como la de Ceuta plantea inevitablemente una pregunta: ¿qué significa exactamente la solidaridad cuando miles de personas atraviesan en poco tiempo una frontera exterior?

Si la respuesta europea consiste únicamente en reforzar temporalmente los dispositivos españoles, mientras otros Estados intentan protegerse frente a posibles movimientos secundarios, la percepción en los países mediterráneos será que continúa existiendo una distribución desigual de responsabilidades.

Pero si la solidaridad se interpreta como una transferencia automática de las consecuencias migratorias hacia el resto de Europa, aparecerán nuevamente las resistencias políticas que durante años bloquearon cualquier reforma.

El equilibrio continúa siendo extraordinariamente delicado.

El factor Marruecos y la instrumentalización migratoria

La crisis incorpora además una dimensión que el nuevo modelo migratorio europeo tendrá que afrontar cada vez con mayor frecuencia: la utilización de los flujos migratorios como instrumento de presión política.

Europa ha descubierto durante los últimos años que la migración puede convertirse en una herramienta geopolítica. La presión ejercida sobre determinadas fronteras exteriores ya no responde siempre exclusivamente a factores económicos, sociales o humanitarios. En algunas ocasiones puede estar vinculada a decisiones políticas adoptadas por terceros países.

Ceuta representa un escenario especialmente sensible porque la relación entre España, Marruecos y la Unión Europea posee una dimensión estratégica que supera ampliamente la cuestión migratoria. Rabat es un socio fundamental para el control de las rutas del Mediterráneo occidental y del Atlántico, pero al mismo tiempo dispone precisamente por ello de una considerable capacidad de presión.

La UE necesita cooperación con sus vecinos para gestionar sus fronteras, pero esa dependencia puede convertirse también en vulnerabilidad.

El nuevo Pacto tendrá que demostrar que Europa puede responder colectivamente cuando un Estado miembro sufre una presión extraordinaria sobre su frontera exterior, independientemente de que su origen sea espontáneo o tenga elementos de instrumentalización política.

De lo contrario, cualquier tercer país que controle una importante ruta migratoria comprenderá rápidamente que dispone de una poderosa herramienta para dividir a los europeos.

El verdadero desafío son los movimientos secundarios

La reacción italiana permite identificar probablemente el punto más débil de todo el sistema: los movimientos secundarios.

La Unión puede reforzar sus fronteras exteriores, mejorar los procedimientos de identificación y acelerar las decisiones sobre asilo, pero mientras exista la percepción de que una persona llegada irregularmente a un Estado puede desplazarse posteriormente hacia otro, algunos gobiernos seguirán considerando insuficiente el sistema.

Italia ha utilizado precisamente ese argumento para justificar sus decisiones respecto a España.

Es una paradoja evidente porque Italia ha defendido durante años exactamente la posición contraria cuando las llegadas se producían en Lampedusa o Sicilia. Roma reclamaba entonces solidaridad europea y denunciaba que el sistema convertía a los países mediterráneos en responsables desproporcionados de la inmigración.

Ahora España se encuentra parcialmente en esa posición.

La contradicción demuestra hasta qué punto las políticas migratorias nacionales pueden cambiar dependiendo de dónde se encuentre en cada momento la presión.

Por eso Europa necesita reglas capaces de funcionar independientemente del país afectado.

El riesgo de renacionalizar la política migratoria

La mayor amenaza para el Pacto no consiste necesariamente en que alguno de sus mecanismos falle técnicamente. El verdadero riesgo es que los gobiernos vuelvan a actuar unilateralmente cuando aparezca una crisis.

Si cada aumento extraordinario de llegadas provoca controles fronterizos, enfrentamientos diplomáticos y decisiones nacionales destinadas a evitar movimientos secundarios, Europa regresará gradualmente al escenario anterior al Pacto.

La política migratoria volvería entonces a renacionalizarse.

Los países fronterizos intentarían proteger sus territorios exteriores mientras los demás tratarían de proteger sus fronteras interiores. El resultado sería exactamente contrario al principio sobre el que se construyó Schengen: una frontera exterior común suficientemente protegida para hacer innecesarias las fronteras interiores.

Ceuta demuestra que ambas dimensiones son inseparables.

No habrá un Schengen estable sin una política migratoria común y no existirá una política migratoria verdaderamente común mientras los Estados sigan desconfiando de cómo gestionan los demás sus fronteras.

De las normas a la política

La Unión Europea ha dedicado años a negociar reglamentos, procedimientos, mecanismos de solidaridad, sistemas de información y protocolos de emergencia. Ha construido probablemente la arquitectura migratoria más sofisticada de su historia.

Pero ninguna arquitectura institucional funciona sin voluntad política.

La crisis de Ceuta demuestra que el verdadero examen del Pacto comienza ahora. Bruselas tendrá que garantizar la aplicación de las nuevas normas, facilitar mecanismos de solidaridad cuando sean necesarios y, sobre todo, impedir que las respuestas nacionales terminen debilitando el espacio común.

España deberá demostrar que puede gestionar eficazmente una frontera exterior sometida a una presión extraordinaria. Italia tendrá que aceptar que la protección frente a los movimientos secundarios no puede convertirse automáticamente en una barrera contra otro socio europeo. Y el resto de los Estados deberá comprender que cualquier crisis en Ceuta, Lampedusa, las islas griegas o la frontera oriental afecta finalmente al conjunto de la Unión.

Europa ha tardado casi una década en construir su nuevo Pacto Migratorio. Ceuta puede convertirse ahora en el lugar donde comience a demostrar su utilidad o donde aparezcan prematuramente sus limitaciones.

Porque la verdadera prueba no consiste en comprobar si Europa dispone de nuevas normas. Consiste en saber si, cuando llega la próxima crisis, los Estados miembros están realmente dispuestos a comportarse como si compartieran una misma frontera.

CLAVES

Contexto: La crisis migratoria de Ceuta coincide con el inicio de una nueva etapa de la política europea de migración y asilo y pone a prueba la capacidad de la UE para responder colectivamente ante una presión extraordinaria sobre una de sus fronteras exteriores.

Implicaciones: La reacción de diferentes Estados demuestra que persiste la tensión fundamental entre solidaridad y responsabilidad. Si las crisis migratorias continúan provocando respuestas nacionales y controles interiores, el nuevo modelo europeo corre el riesgo de perder eficacia política antes de consolidarse.

Perspectivas: El éxito del Pacto dependerá de que la UE consiga proteger eficazmente sus fronteras exteriores, limitar los movimientos secundarios y activar mecanismos creíbles de solidaridad. Ceuta puede convertirse en el primer gran examen de una política migratoria que pretende sustituir una década de respuestas improvisadas por una verdadera gestión común.

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