Introducción
La madrugada del 28 de abril de 2025, un fallo en cascada dejó sin suministro eléctrico a más de doce millones de personas en España y Portugal durante casi tres horas. El llamado “apagón ibérico” se originó por una combinación de picos de demanda, interconexiones insuficientes y sobrecarga en la red de transporte. Aunque el servicio se restableció con rapidez, el incidente reabrió un debate que la Unión Europea creía superado: la fragilidad estructural del sistema eléctrico común y su dependencia de mecanismos nacionales descoordinados.
Más allá del episodio técnico, el apagón puso de manifiesto la contradicción entre los ambiciosos objetivos del Green Deal y la realidad operativa de las infraestructuras europeas. La transición energética avanza en generación renovable, pero sigue rezagada en almacenamiento, redes inteligentes e interconexiones. España y Portugal, que lideran en capacidad solar y eólica, siguen siendo una “isla energética” con apenas un 8 % de interconexión con Francia, lejos del 15 % recomendado por Bruselas.
- El fallo del 28 de abril: causas y consecuencias
El informe conjunto de Red Eléctrica de España (REE) y REN Portugal identificó una secuencia crítica: la desconexión súbita de un parque eólico en Galicia provocó una pérdida de frecuencia en la red, que se amplificó por la alta dependencia de renovables y la limitada capacidad de compensación con el sistema francés. La falta de sincronización entre operadores nacionales derivó en cortes automáticos para evitar daños mayores.
En pocas horas, el suministro se recuperó, pero el episodio dejó daños económicos estimados en más de 400 millones de euros, afectando al transporte ferroviario, hospitales y plataformas logísticas. Para Bruselas, fue un aviso: el sistema energético europeo sigue fragmentado y carece de mecanismos automáticos de respuesta coordinada.
La Agencia Europea de Cooperación de Reguladores de la Energía (ACER) y la red de operadores ENTSO-E abrieron una investigación que apunta a una conclusión común: falta resiliencia europea ante incidentes nacionales.
- Interconexiones y gobernanza: el talón de Aquiles europeo
El apagón ibérico evidenció una vieja debilidad: la falta de interconexiones eléctricas entre los Estados miembros. Pese a los compromisos asumidos en los Consejos Europeos desde 2014, el progreso ha sido desigual. Las conexiones con Francia avanzan lentamente por la oposición local y los costes ambientales de los Pirineos.
La consecuencia es que el mercado interior de la electricidad sigue incompleto. Los países periféricos —España, Portugal, Irlanda, los bálticos— operan con menos redundancia y mayor exposición a fallos internos.
La Comisión Europea admite que la política de redes ha sido el eslabón débil del Green Deal. La prioridad política se centró en el despliegue renovable, mientras la infraestructura de transporte y almacenamiento quedó rezagada.
La Directiva de Electricidad revisada en 2025 intenta corregir esa asimetría, reforzando el papel de ENTSO-E en la planificación y estableciendo objetivos vinculantes de interconexión. Pero el desafío no es solo técnico: es también político y financiero. La inversión necesaria supera los 200.000 millones de euros de aquí a 2030.
- La paradoja verde: más renovables, más vulnerabilidad
El caso ibérico refleja la paradoja de la transición energética. La rápida penetración de energías renovables —más del 55 % del mix eléctrico español— reduce las emisiones, pero introduce volatilidad. La generación solar y eólica depende de factores meteorológicos y requiere respaldo flexible (baterías, hidráulica reversible o gas). Cuando ese respaldo falla o la red no lo gestiona con agilidad, los desajustes se propagan.
El apagón evidenció que la seguridad eléctrica no puede darse por sentada en una economía descarbonizada. Las fuentes renovables son limpias pero no constantes, y los mecanismos de mercado actuales no remuneran adecuadamente la capacidad de reserva.
ACER propone crear un “Mecanismo de Resiliencia Eléctrica Europea” para coordinar inversiones en almacenamiento y respuesta a la demanda. España, por su parte, ha acelerado la instalación de baterías y reforzado los protocolos de respaldo térmico. Sin embargo, el debate de fondo persiste: cómo mantener la fiabilidad sin frenar la descarbonización.
- España en el tablero energético europeo
El apagón coincidió con un momento clave: la revisión del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) y la negociación del nuevo marco financiero europeo para infraestructuras. El incidente ha reforzado el argumento español para priorizar interconexiones con Francia y Marruecos, así como proyectos de hidrógeno verde.
Madrid defiende que la península puede convertirse en puente energético entre Europa y África, exportando electricidad renovable y liderando la cadena del hidrógeno. Para ello, reclama financiación europea específica y mecanismos de compensación por la “periferia geográfica”.
El episodio también ha tenido un efecto político interno: ha visibilizado la importancia de la seguridad energética como parte de la autonomía estratégica europea. España, que ya fue ejemplo en diversificación del gas tras la crisis rusa, aspira ahora a liderar la resiliencia eléctrica.
- Europa ante un nuevo paradigma energético
El apagón ibérico se inscribe en una tendencia global: el paso de un modelo basado en grandes centrales estables a otro descentralizado, digital y vulnerable. La integración masiva de renovables, el coche eléctrico y la electrificación industrial multiplican las exigencias de estabilidad.
Para la UE, esto exige un nuevo paradigma de gobernanza eléctrica, más cooperativo y menos fragmentado.
Bruselas plantea tres líneas de acción:
- Acelerar las interconexiones transfronterizas con financiación del Mecanismo Conectar Europa.
- Modernizar las redes de transporte con inteligencia artificial y sensores de frecuencia en tiempo real.
- Impulsar el almacenamiento y la gestión de la demanda, reduciendo la exposición a picos meteorológicos.
La lección del apagón es clara: sin redes sólidas no hay transición verde ni autonomía estratégica. La energía limpia no basta si no puede fluir con seguridad por Europa.
Conclusión
El “apagón ibérico” no fue una simple avería técnica: fue un recordatorio político. Mostró que la transición energética europea necesita tanto cable como kilovatio, tanta regulación como inversión.
España emerge del incidente con un doble papel: víctima de un sistema incompleto y actor clave para corregirlo.
Si Bruselas logra transformar esta crisis en oportunidad, el suroeste europeo dejará de ser un extremo del mapa para convertirse en el laboratorio de la resiliencia eléctrica del futuro.
Claves del tema
Contexto
- El apagón del 28 de abril afectó a más de 12 millones de personas en España y Portugal.
- El incidente reveló la fragilidad de las interconexiones eléctricas y la falta de respaldo renovable.
- La UE investiga a través de ACER y ENTSO-E las causas estructurales del fallo.
Implicaciones
- Reabre el debate sobre la gobernanza de red y la necesidad de un mercado eléctrico verdaderamente europeo.
- Refuerza la posición española en su demanda de más interconexiones con Francia y Marruecos.
- Expone los riesgos de una transición verde sin suficiente infraestructura de respaldo.
Perspectivas
- Creación de un Mecanismo Europeo de Resiliencia Eléctrica.
- Inversiones priorizadas en almacenamiento y redes inteligentes.
- España como laboratorio de fiabilidad en la nueva transición energética europea.
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